Por José Sarria
Ser caballo
Malika El Assimi
Dar Bassma Editorial
Hay libros cuyo título constituye ya una declaración de principios. No designan un asunto; anuncian una forma de estar en el mundo. La historia de la literatura está poblada de caballos. Desde los corceles homéricos que arrastran la gloria y la muerte hasta Rocinante, que convierte la dignidad en una manera de resistir al ridículo; desde los jinetes del Apocalipsis, heraldos de la devastación, hasta el caballo lorquiano, donde galopan el deseo, la sangre y el destino. El caballo ha simbolizado la libertad, la fuerza, la nobleza, el impulso vital o la rebeldía. Sin embargo, pocas veces deja de ser un símbolo para convertirse en un imperativo moral. Eso es precisamente lo que consigue Malika El Assimi en Ser caballo: no nos invita a contemplar al caballo, sino a serlo. A asumir su ímpetu, su dignidad y su negativa radical a aceptar el yugo.
La gran poeta marroquí, una de las voces más relevantes de la poesía árabe contemporánea, construye un poemario donde el caballo no constituye el eje temático, sino el principio ético que vertebra toda la obra. Sus poemas hablan de Palestina, de la patria, de la memoria, de la mujer, de la injusticia, de la traición, del compromiso, del desarraigo o de la esperanza; pero todos esos asuntos aparecen atravesados por una misma actitud moral: la insumisión.
Ser caballo significa negarse al sometimiento, romper la obediencia cuando ésta conduce a la indignidad, resistir incluso cuando toda resistencia parece inútil.
No resulta casual que el poema que da título al volumen formule esa ética desde una de las imágenes más poderosas del libro: “Maldito sea/ quien oye siempre el estrépito de los jinetes/ y no se convierte en caballo/ dando coces al aire/ y patadas en la arcilla …/… Me convierto en caballo …/… allí venzo a jinetes negros”.
Difícil condensar con mayor intensidad una poética de la resistencia. El verdadero enemigo no son únicamente los jinetes; también lo es la pasividad de quien escucha su estruendo y permanece inmóvil. El caballo deja entonces de ser un animal para convertirse en conciencia; una conciencia que recorre el libro entero. La poesía de Malika El Assimi nace de una profunda fidelidad a la dignidad humana. No escribe desde la resignación ni desde la elegía estéril. Incluso cuando el dolor ocupa el centro del poema, nunca comparece la rendición. Hay heridas, sí; hay exilio, devastación, muerte y abandono; pero jamás claudicación. Su palabra se mantiene en pie con la misma firmeza con la que Albert Camus afirmaba en El hombre rebelde que la verdadera rebeldía comienza cuando el ser humano pronuncia un “no” frente a aquello que degrada su condición. Ese “no” atraviesa silenciosamente cada uno de estos textos.
De ahí que el compromiso de la autora nunca deba entenderse como una mera poesía de denuncia, partidista o instrumental, pues ésta, sería una lectura insuficiente. Palestina, Jerusalén, la patria herida o los pueblos sometidos no aparecen como simples referencias geográficas o políticas, sino como escenarios donde se pone a prueba la dignidad del ser humano. Cuando escribe “Vengo a ti a gatas,/ vengo a ti bajo las bombas”, no habla únicamente de una ciudad sitiada; habla de la obstinación de quien continúa avanzando incluso cuando todo invita a detenerse.
En ese sentido, la patria de Malika El Assimi tampoco responde al nacionalismo excluyente. Se trata, más bien, de un territorio moral donde la memoria, la justicia y la responsabilidad colectiva constituyen la verdadera geografía. Por eso puede cantar con ternura a una tierra luminosa y, apenas unos versos después, denunciar sin concesiones la corrupción, la cobardía o la traición de quienes la habitan. La patria es belleza, pero también exigencia; pertenece tanto al paisaje como a la conciencia.
No menos significativa resulta la presencia constante de la tradición espiritual islámica y del imaginario coránico: profetas, faraón, haman, Jerusalén, el Día del Juicio, Salomón o el relato del Foso aparecen integrados con absoluta naturalidad en una escritura que convierte esos referentes en instrumentos de lectura del presente. La autora no recurre a ellos para ornamentar el poema con ecos culturales, sino para recordar que la historia de la humanidad constituye un permanente conflicto entre la justicia y la opresión y que el pasado continúa interrogando al presente.
Esa densidad simbólica no impide, sin embargo, que la escritura conserve una extraordinaria corporeidad. El viento, los árboles, la mar, las aves, la arena, los bosques, la noche o las flores conforman una naturaleza intensamente viva que nunca funciona como mero decorado. Todo participa de una misma respiración. Hay momentos en que la voz poética parece confundirse con los elementos, como si la identidad individual terminara disolviéndose en una energía más amplia, muy cercana a esa expansión del yo que Walt Whitman convirtió en una de las grandes conquistas de la poesía moderna. La naturaleza deja de contemplarse: se habita.
Especialmente hermoso resulta el modo en que la autora transforma el movimiento en una categoría espiritual. Se baila, se cabalga, se atraviesan desiertos, mares, bosques y noches. Incluso el sufrimiento posee dinamismo. Todo está en marcha. Quizá porque detenerse equivalga a aceptar la derrota. No es casual que uno de los poemas concluya con una afirmación casi litúrgica: «seguro que / volverá, / seguro / volverá». No es únicamente una esperanza; es una convicción ética.
Frente a esa corriente luminosa aparecen también poemas de una dureza extraordinaria. “Acta 2014” constituye probablemente uno de los textos más contundentes del libro. Allí la voz poética levanta una inmensa acta moral contra los corruptos, los mercenarios, los poderes políticos, económicos y mediáticos que participan en la degradación del ser humano. La enumeración posee una abisal intensidad, hasta desembocar en una declaración de resistencia que resume admirablemente el espíritu del volumen: “Y aunque se corte mi lengua/ no me callo”. La palabra aparece así como el último territorio de libertad.
Quizá por ello esta poesía recuerde, en ocasiones, la firmeza moral de Anna Ajmátova, capaz de convertir el sufrimiento colectivo en memoria compartida sin renunciar jamás a la belleza; o la voz de Nâzim Hikmet, para quien la esperanza constituía una forma de resistencia, no un simple consuelo, sino el motor de su inquebrantable activismo.
Al finalizar la lectura queda la impresión de haber recorrido un territorio donde la poesía ha recuperado una de sus funciones más antiguas: recordar al ser humano aquello que no debería olvidar, haciendo de la poesía un acto de desafío activo, demostrando que seguir creando y amando es la forma más pura de insumisión.
Malika El Assimi no escribe para embellecer la realidad, sino para despertarla. Su voz no pretende consolar al lector, sino devolverle la responsabilidad sobre su propio tiempo. Ahí reside la verdadera grandeza de Ser caballo. No propone una metáfora; propone una elección. Nos pregunta, con la serenidad de quien conoce la respuesta, si seguiremos escuchando el estruendo de los jinetes desde la comodidad de la distancia o si, llegado el momento, tendremos el coraje de convertirnos también nosotros en caballo.









