REFLEXIONES EN TORNO A LA AURORA Y EL VIENTO DE MARCELO GARCÍA

Inmaculada López Calahorro

Doctora en Filología Clásica.

Quiero comenzar mis primeras palabras presentando en cierto modo a Marcelo García, que compartió cursos conmigo en el instituto, pero que solo muy tarde, apenas hace ahora tres años, yo pude descubrir y reconocer en él su capacidad poética a través de una traducción del poema de John Keats, “Al ver los mármoles de Elgin”, traducidos de este modo:

 Mi espíritu es demasiado débil. La mortalidad
Pesa sobre mí como una pesadilla,
Y cada imaginada cumbre y cuesta 
De divina adversidad, me dice que debo morir
Como un águila enferma que mira al cielo.
Pero qué lujosa dulzura es llorar,
Que no tenga yo los nublados vientos que me mantengan fresco al romper el ojo del alba.

Traductor espontáneo de Keats, Rilke, Yeats o Bob Dylan, entre otros, Marcelo García ha ido dejando anotado en la red, visible y objeto de interés solo para unos pocos, un documento conceptual excepcional de hechos, textos propios, traducciones e imágenes que asombran por su vasta cultura y capacidad reflexiva y artística.

No con anterioridad a este tiempo que hoy nos congrega, sino muy recientemente, pudimos descubrir en él que era un poeta. Y que a día de hoy cuenta con dos libros de alto valor poético, “Viajes” y “La aurora y el viento”.

Para valorar la creación poética de Marcelo, tenemos que detenernos en lo que Ítalo Calvino estableció como clásico. Sé que puede parecer muy aventurado decirlo ahora mismo, puesto que estamos ante un autor que comenzamos a leer y descubrir, pero del que no tengo duda de que será reconocido en este sentido en un tiempo no muy lejano, ya que su creación poética se adentra profundamente en la raíz de la tradición cultural, bajando a la esencia tanto a nivel de información como de capacidad de adaptación a los textos originales adaptando su voz poética, como igualmente expone la absorción de las otras lecturas que han dialogado en el tiempo con tales fundamentos de la civilización.

Esta capacidad poética nos permite reconocer que sus poemas son textos doblemente verosímiles en el caso de que se sitúe en el plano mítico: tanto a nivel de contenido como a nivel formal. De ahí que, si el episodio es homérico, parece que leemos a Homero. Si es shakesperiano, parece que leemos a Shakespeare. Y si es rilkiano, parece que leemos a Rilke, por citar unos ejemplos y unos autores. Y esto lo podemos ver perfectamente en varios poemas del libro: “Príamo y Héctor”, “Aquiles y Pentesilea”, “Muerte de Aquiles” en cuanto a Homero; “El sueño de Fondón” en cuanto a Shakespeare, o Palas Atenea en cuanto a Rilke.

Pero vuelvo a Ítalo Calvino: un clásico no se lee, sino que se relee, y cada vez que releemos algún poema de La aurora y el viento encontramos nuevas sutilezas perfectamente arraigadas con absoluta naturalidad y que redescubrimos en cada nueva lectura a través de palabras y versos que despiertan de su riqueza silente, como procedentes de un tiempo inmemorial, que reviven con absoluta frescura confirmando otro de los aspectos con los que Calvino define un clásico: “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”.

Como decía T. S. Eliot, “La tradición es una cuestión de un significado mucho más amplio. No se hereda, y si se la quiere solo se obtendrá con gran esfuerzo”. Por consiguiente, para tener éxito en estas lecturas y relecturas que nos ofrece este libro es evidente que hay que abandonar las resistencias para entrar en la densidad de un hilo narrativo-poético que el poeta nos traza desde el principio, a través de una senda que nos recuerda aquella por la que Dante marcha de la mano de Virgilio, es decir, poema a poema, como en Dante es canto a canto.

He aquí el hilo conductor del alba y la aurora o lo rutilante de las estrellas que se teje desde los primeros poemas de la primera parte, titulada “Descubrimiento”, una red conceptual esencial que afectará al proceso poético-discursivo posterior en el que nos va sumergir el autor, concretado en episodios de carácter épico-lírico esencialmente (como ya ha sido reconocido en la reseña que le ha dedicado Manuel Gahete), y en general, aunque no todos, míticos (como incuestionable expresión de lo universal).

De ahí que el potente poema “Astronomía interior”, el último poema de la primera parte, nos hable de “la estructura fibrosa de galaxias de recuerdos”, de la “bóveda nocturna en el silencio estucado de los astros”, de la “geometría que adormece los sentidos” o la “sintaxis de una lengua que solo yo comprendo”. Y perfectamente vemos, y recalco vemos, el firmamento tejido de estrellas, invisibles filamentos, el universo trazado de “senderos, laberintos, mundos, mapas / como joyas en un hermoso pecho oscuro”, que es su mente, pero que a partir del resto del poemario se materializará en un proceso en el que afrontaremos el temor, la tribulación, el asombro, la fascinación, o el sacrificio, a través de un yo poético versátil y absolutamente verídico que responde a este paisaje astronómico de nuestra mente donde los personajes míticos siguen deambulando. De este modo, el autor no solo resucita y da frescura y actualidad a los hitos de nuestra cultura, aparentemente dormidos, sino que vuelve a convertirlos en protagonistas del mapa del mundo y del universo, con lo que nos devuelve al milagro de lo divino y a la contradictoria, pero humana, conciliación ante la fascinación de su presencia.

Sentimos el pesar del asno Fondón de Shakespeare o un mortal como Endimión, ante el temor de que las diosas los abandonen después de haber sucumbido a sus dulzuras nocturnas. Personajes humanos atribulados nos van conduciendo en noches que con ternura esperan despiertos el regreso de la diosa amada, interrogándose si la entretuvo Orión “con su labia de cazador furtivo”, o si tardó porque tuvo que dar un rodeo “para no perturbar / la hibernación polar de la Osa y de su Osezno”, mientras “las horas corren circulares , / arrastrando sus colas de serpiente / dejando por el suelo escamas sueltas / de segundos y minutos”, y a los pies se ha quedado dormido el sueño como un cachorro de dragón. También hay fascinación por bajar a los infiernos, tema homérico, virgiliano o del mismo Dante, por eso los poemas “Oración”, “Soy el que soy”, o el del mítico Hércules bajando allí para rescatar a Alcestis, y que comienza:

“La encontré encorvada bebiendo la sangre negra

De los muertos,

Un bulto informe envuelto en el ropaje de la noche.

Con su mano infame sujetaba a la víctima reciente

Que iniciaba su último viaje a las moradas infernales.

La aferré en un abrazo semejante a los anillos poderosos

De una serpiente que se enrosca en torno

A una presa inerme.

Noté crujir sus huesos bajo el vigoroso brazo, semejante

Al de mi padre que se sienta en el trono del Olimpo”

Del mismo modo nos concede el rescate de la amazona Pentesilea, cuando después de darle muerte, el mismo Aquiles la salva para sí y para nosotros, al cogerla en sus brazos y conducirla con él al otro lado del sueño, mostrándole con ternura su palacio lleno de estatuas de dioses y diosas, y la ama sin fin:

Y desde la blanca balaustrada

ornada de efigies bellísimas de dioses,

Zeus, Atenea, Ares, Artemisa

y su adorada madre Tetis,

extiende al horizonte sus brazos poderosos,

poniendo a los pies de su amiga, amante

y diosa de su alma, el mundo que venera.

Asistimos a escenarios como auténticos cuadros en movimiento, que recuerdan el principio poético que nos legó Horacio, Poesis ut pictura, y que exhala de sus versos y materializan en el imponente poema “Tu retrato”: pura riqueza textual, cromática, visual, donde el cuadro se pinta con los colores más exquisitos traídos de los lugares más simbólicos y exóticos de los que la civilización ha dado cuenta.

Es tal la riqueza creativa de cada verso de cada poema, de modo que es difícil escoger o entre los poemas o entre los mismos versos. Porque todo dice.

El poeta nos había anticipado al principio del libro lo rutilante de la noche y los laberintos como espacio cósmico en su mente, pero en el proceso del libro nos va despejando el espacio estelar, a través de un proceso de duelos heroicos, pesadumbres milenarias, o inagotables encuentros entre diosas y mortales, conectados en la mente del poeta. Recordamos que todo está en él desde el inicio, es lo que en “Sapere aude” nos dice el poeta: “Miradme / Yo soy la respuesta”.

Son estas conexiones que aseveran lo complejo de la mente humana, del pensamiento, de la imaginación, pero también de la propia literatura reconectada continuamente a través de lazos brillantes versificados por los poetas que recrean los universales mitos, con los que podemos salvarnos de la oscuridad del desconocimiento fondeando en nuestra propia capacidad de luminosidad. Es lo que significa el hilo trenzado de “radiantes auroras” que el innombrado Teseo porta gracias a Ariadna antes de bajar al centro del laberinto.

Podría comentar más cuestiones, pero sé que no debo cansar al auditorio, porque lo importante es el poeta y los poemas. Me queda por señalar que al principio hablábamos de aquella traducción que hizo Marcelo del poema de John Keats. Quiero recordar el célebre axioma que también dejó para la eternidad el joven poeta inglés, en una carta que dirigió a John Taylor el 27 de febrero de 1818. Le dice:

“Si la poesía no sale tan naturalmente como las hojas del árbol, mejor que no salga”

Tengo que decir que así es como he visto nacer y fluir los poemas de Marcelo. Como un caudal que fluye con naturalidad o como hojas que de pronto surgen en las noches de primavera para vestir de verde los árboles sin que apenas podamos captar el movimiento porque escapa a nuestra percepción humana. Brotando con rapidez y naturalidad sin aparente esfuerzo, como si estuviera ya todo en su mente desde siempre. Y considero que su obra, aún muy nueva para quienes asistimos a actos como el de hoy, supone ya un auténtico valor cultural y patrimonial, que trasciende la experiencia del ahora y que, como hemos indicado, está llamada a convertirse en un clásico.

Y ahora, entremos en un cuadro, en este caso el de Poussin, titulado “Et in Arcadia ego”, donde una dama y tres pastores miran una lápida con la frase en latín. Para mí es una Atenea pensativa. Pero entremos en el cuadro:

“Viajero que atraviesas los umbrales

De esta tierra cerrada de la mente…”

(Del poema Et in Arcadia Ego)

Granada, 23 de junio de 2021

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