LAS ESCALAS DEL TIEMPO DE ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ

Rafaela Hames Castillo

Las escalas del tiempo

Antonio Rodríguez Jiménez

Ediciones Dauro

Días estivales y azules,  pausados para mejor intimar con los pasos sosegados sobre el sendero del tiempo y tratar de ascender por sus escalas procurando estar a la altura. Vuelvo así sobre sus páginas, las páginas de Las escalas del tiempo, el vigésimo sexto poemario de Antonio Rodríguez Jiménez publicado en Editorial Dauro en 2020 y finalista en el XXVII Premio Andalucía de la Crítica. Vuelvo, regreso aunque, como el autor de este bello poemario, bien sé que no desando el tiempo pero  la verdadera poesía hace que siempre se  regrese a ella.

Una intuición algo arbitraria y aparentemente ajena e intrusa pues parecía inmiscuirse en el transcurso de mi lectura, venía a interrumpirme de vez en cuando como para hablarme de una cierta combinación de números y lo hacía  de forma tan insistente, que finalmente me vi en la necesidad de realizar un atento repaso y recuento  de los poemas que componen el texto.

Y sí, consta claramente de dos partes, la primera compendia el título del libro coincidiendo con el de su primer poema, el mismo que da paso a doce escalas y la segunda parte que se compone de once títulos, lo que hace un total veinticuatro poemas: Dos veces doce como son las veinticuatro horas del día que, divididas en cinco bloques de cinco minutos, dan la dimensión completa del transcurso de una hora.  Doce más doce poemas como son doce los meses del año, doce los signos del zodíaco, o doce los frutos del árbol de la vida por no adentrarnos demasiado en términos mitológicos o religiosos donde encontraríamos una abundante correspondencia. Baste decir que el número doce representa el orden, el bien, la absoluta perfección, la equidad.  Es quizá por ello acertado pensar que Antonio Rodríguez Jiménez confiere en esta obra al tiempo vivido una verdadera dimensión sagrada en la que le reconoce como único y verdadero bien.

En Las escalas del tiempo sucede la comprensión de su materia, de la materia del tiempo que en cada una de ellas, se muestra con propia voluntad, una voluntad elástica, divergente y hasta chamánica en cuyo regazo de instantes mueve al individuo con la misma indiferencia que el océano a sus partículas, algo que para los seres sintientes y con capacidad de razonar llega a ser sumamente doloroso pero a la vez imprescindible por cuanto de inherente es al mero hecho de la existencia. Es por ello que el poeta aborda con magistral habilidad el sufrimiento en amalgama con el gozo de tal forma que dicha eventualidad se muestra al lector como algo sencillo y natural produciéndole un inusitado crisol de sensaciones en las que son fusionadas de forma extraordinaria percepciones y accesos a elevados niveles de conocimiento tan sutiles como humanos.

Asistimos a la labor inescrutable del olvido que, como hijo primogénito del tiempo, se ocupa de responder al encargo parental de asignar a cada vicisitud de los seres un lugar en sus estancias, de espaldas a la evocación o el recuerdo. Y es así que quedan en la memoria efímera los vanos honores, los méritos fútiles, los fervores, los ineludibles afanes, todo, despojado de la importancia puntual que les es concedida quedando al margen de ello lo verdadero, lo esencial.

Nos dice Antonio en su Escala Cuarta

 “El arte es un reflejo de esos instantes de vida dichosa,

que nos saca momentáneamente el enigma triste

de la tragedia y la desgracia”

Y es que, dentro de la rutina que en cada una de nuestras cotidianidades vivimos, transcurre el tiempo entre los hombres sin ser vivido su prodigio, sólo hallado en el reino natural por algunos que se mecen en las hojas de los árboles para imitar al tiempo. Máquinas de carne, llama el poeta a esta masa de población que fluctúa sin tregua en los instantes de su vida enajenada de banalidad.

Pasajes de la propia historia del poeta quedan escritos en el tesoro de los versos, encriptados en sus metáforas, no velados ni revelados, como la inmarcesible y sobrecogedora belleza del corazón de estalactitas y estalagmitas de una cueva cuyo latido acuático y mineral se debe precisamente a su total anonimato frente al exterior.

En el devenir de Las escalas del tiempo, en los repliegues y ondulaciones de sus marejadas, es que son devueltos a la luminosa superficie fragmentos que reposaban en el misterio de su fondo y ahí la nostalgia se expande y crepita al igual que la espuma salobre una vez deshecha la ola. La vida, en la que por alguna misteriosa razón nos creemos insertos de forma inalterable y permanente (tal vez porque de forma inconsciente lo necesitamos para sentirnos fuertes y seguros), de repente, cuando menos lo esperamos, nos sacude y nos habla sin rodeos del tempus fugit  y ante ello, en Las escalas del tiempo, Antonio Rodríguez propone el desprendimiento, el desasimiento para evitar sufrir, deshacerse incluso de uno mismo, crear el vacío como estado ideal:

Y ahora, por mucho que pienso, estoy seguro que

la inexistencia

es mi actual estado de vida, de muerte

de relación con la nada.

No obstante, la capacidad de asombro, la pulsión de vida y el anhelo por el descubrimiento inherentes al espíritu creador, se imponen sobre cualquier vicisitud existencial y se alzan, avizoran y trascienden entornos y contornos, corroboran la belleza y sus efectos y hacen que pese a todo, el poeta siga su curso natural y se sitúe ante cuanto tiene esencia y cuanto no:

Quiero entender lo inexplicable

y estudio los atardeceres

de esos espacios de nubes….

Son los atardeceres de mi triste y desolada alma

que palpita

en un corazón parado que aún no perdió la capacidad

de asombro.

Cuando la pierda me extinguiré como la noche,

En el atardecer me iré despacio,

pero mientras tanto conjugaré la pasión de la vida…

La ciudad secreta de los ángeles es un poema dedicado a su ciudad de origen, en la que ha desarrollado durante largos años una insustituible, ineludible e imprescindible labor cultural y social. La ciudad de nombre esdrújulo, la que tanto debe al autor de este poemario, continúa inmersa en sus atardeceres mientras adolece de su ausencia sin que ella misma sea del todo consciente aunque haya algunos, alguno o alguna de esos otros poetas que deambularán con los locos en las calles por todas las esquinas inmersos en algún tipo de borrachera de sombras, de destellos de vida a través del cristal multicolor de mil vidrios rotos, o inmersos en extravagantes nostalgias, huérfanos y futuros funambulistas sobre el abismo de los sueños aún, como algunas de sus antiguas callejas e inagotables fuentes, que sí le extrañen. Esta ciudad tan alejada, tan al otro lado del lugar perfecto para los rebeldes, donde las calles están repletas de flores amarillas y naranjas y huele a campo a pesar de los camiones, donde espacios y creador se inspiran y enriquecen mutuamente.

Las ciudades, esos lugares que hablan de lo más recóndito de sus habitantes…

“Estamos en la ciudad de los sueños

y es incorrecto preguntarse en este momento

en qué consiste la vida y todo eso”

Las escalas del tiempo o viajes sobre los puentes de su transcurrir, del transcurrir del tiempo, apenas consistentes, lo justo, lo imprescindible para el encuentro fugaz entre la ensoñación que a día de hoy es el pasado y lo que a que a día de hoy representa haberlo vivido. Viajes a través de cuanto se es como condensación de pretérito y futuro. Viajes que no dejan en tierra una asertiva reflexión sobre la voluble esencia del género humano en toda su mínima amplitud, en su más amplia y efímera expresión de grandeza y miseria. Viajes a través de la luz y el espacio oceánico, entre dos continentes, dos orillas que conforman importantes regiones del mapa vital del poeta; asilo y exilio al unísono e indistinto.

Cerrar la contraportada de Las escalas del tiempo es abrirse crecidos al mundo, a otros rostros del mundo, más allá de cuanto éramos antes de abrir su portada. Nos queda el sabor estimulante de un lenguaje rico en reveladoras imágenes nacidas desde la sabia autenticidad y la plasticidad produciendo un largo efecto  catártico y sanador que se prolongará a lo largo de cada una de nuestras propias escalas del tiempo por mucho, por mucho tiempo.

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