ANTONIO RODRÍGUEZ ALMODÓVAR

Con motivo de la entrega del Premio “Elio Antonio de Nebrija”, concedido por la Asociación Colegial de Escritores, el día 11 de noviembre de 2025.

Queridas amigas, queridos amigos.

El mejor de los premios literarios es siempre el que no se espera. Y este de hoy, que tan generosamente me concede la Asociación Colegial de Escritores de Andalucía, os aseguro que no estaba, ni de lejos, en mi agenda habitual; tampoco en esa otra más recóndita, donde se guardan celosamente los deseos que tememos imposibles. Así que, cuando me llamó Manuel Gahete a finales de septiembre para darme la buena noticia, sentí como una sacudida, un repentino despertar de lo cotidiano a lo maravilloso, a un sueño de la realidad, como quería Machado: “Entre el vivir y el soñar / hay una tercera cosa/. Adivínala”. Esa tercera cosa, según él mismo explicó, era precisamente “soñar con los ojos abiertos.”

Los escritores de mi generación partíamos, a la francesa, del “engagement”, el compromiso. Una palabra que se ha vuelto necesaria, en este mundo de hoy, no de sueños, sino de pesadillas, con los heraldos negros asomando otra vez por el horizonte de este país desaforado.  El escritor “engagé”, comprometido, no podía, ni puede ni debe, ausentarse de los problemas sociales de su tiempo, salvo que quiera enrolarse con los opresores, por acción u omisión.  “Remar con los galeotes”, proponía Albert Camus, otro escritor de referencia entonces. “Alberto Camús” fue como lo llamó Agustín García Calvo en aquel memorable y atrevido acto de homenaje al Premio Nobel francés, que tuvo lugar en el Ateneo de Sevilla, en1960, propiciado por otro luchador antifranquista: don Alfonso de Cossío, a quien, por cierto, también acecha “el más profundo abismo del olvido”, con palabras de Cervantes. 

No os podéis imaginar lo que era escribir contra la dictadura, en plena dictadura. Para los que nacimos inmediatamente después de la guerra, el exilio ya no era una opción, como no fuese en forma de emigración laboral, a Alemania, a Suiza… Algunos, como Paco Vélez, lo hicieron. Pero allá por los sesenta solo nos quedaba el “El exilio interior”. En ese “nos” incluyo a Julio Manuel de la Rosa y Paco Díaz Velázquez, mis llorados amigos del alma, a Alfonso Jiménez Romero, Luis Núñez Cubero; un poco después se incorporó Miguel García Posada. De la generación anterior, la de los cincuenta, contábamos con Julia Uceda, Marino Vigueras, que había compartido celda en una cárcel franquista con Bueno Vallejo; Manuel Mantero, que se refugió en una universidad norteamericana; y Alfonso Grosso, que formó su propio grupo informal con otros escritores sevillanos, entre ellos, Alfonso Fernández Malo, hijo de un dirigente histórico del Partido Socialista. Aquí el referente principal era Jean Paul Sartre. Ya ven, los dos protagonistas de la rivalidad antifascista en el país galo; Camus, de una posición que hoy podríamos llamar izquierda liberal; Sartre, de una izquierda netamente marxista, tenían su increíble correlato en Sevilla, en aquellos dos grupos de escritores neófitos. 

Poco se ha hablado de ese fenómeno del “exilio interior”, y no es justo. Porque tuvimos que desarrollar, además de las tácticas del disimulo, hasta una nueva retórica. El doble sentido, La ironía política, la metáfora para entendidos, el guiño intertextual, la elipsis… Y en la calle, la protesta fugaz, la hoja de firmas, la medrosa octavilla. Y un pasar de mano en mano los libros prohibidos, desde la Librería de Lorenzo Blanco, de la Cuesta Rosario. Julio Manuel de la Rosa escribió, con su penetrante ironía, cómo a los actos culturales que se celebraban entonces, pocos, y con más miedo que otra cosa, asistían unos “inevitables policías disfrazados de honrados ciudadanos”. Una vez, al término de una lectura suya, en el Club Gorca de la calle Placentines, se le acercó uno de aquellos. Y cuando Julio ya se temía lo peor, va el tipo y le dice: “¿Podría usted hacerme un resumen de su intervención? Es para el Gobierno Civil.” No, muy doctos no eran. Descarados, sí.

Con todo, lo más difícil fue congeniar la estética con la ética. En una Sevilla, donde los poetas tenían el monopolio del azahar y los suspiros, el escritor comprometido, además de poseer una moral insobornable, tenía que encontrar un modo de expresar lo que no se podía decir, de la mejor manera posible, pero arrancándole al lenguaje esquirlas de belleza. “La corteza del queso de los ricos, se corta. La de los pobres, se raspa”, escribía Ignacio Aldecoa, otro de nuestros referentes, en uno de sus memorables cuentos: “Seguir de pobre”. Luis Martín Santos describía la pompa franquista de Madrid, encadenando anáforas en una página entera de Tiempo de silencio: “Madrid era tan… eran tan… era tan… “que no tenía catedral”.

Y, por si fuera poco, la realidad con la fantasía. Yo tuve la suerte de encontrar una veta de oro en una mina abandonada: los cuentos populares. La veleidosa Fortuna quiso entonces trazar en el aire un círculo perfecto. Primero nos mandó a aquel profesor ácrata y sabio, Agustín García Calvo, que recitaba a Homero y a Virgilio como si fuera literatura de todos los días. (De paso, descubrimos que el latín no era solo aquella monserga esotérica de los curas del colegio). Pero también, en un segundo asalto, el de Zamora nos habló de un libro esquivado en la Sevilla pacata de aquellos años: Juan de Mairena. En él, por otra no-casualidad, Machado hablaba del folklore, la cultura distinta de los iletrados, con devoción y respeto, como le había enseñado su padre. “El pueblo sabe más, y sobre todo mejor, que nosotros”. Y atención: “Pensaba Mairena que el Folklore es cultura viva y creadora de un pueblo de quien había mucho que aprender para enseñar bien a las clases adineradas”. Así, pues, Cultura adinerada, versus Cultura pobre. Resultaba que eran las criadas las que llevaban las nanas al hogar de Federico, y los cuentos maravillosos, como “La niña que riega la albahaca”, burla descacharrante de los llamados “cuentos de hadas”, en el secreto de la tertulia campesina.  

Tercer arco: ¿Cuentos maravillosos? Qué sería eso. Mi primer libro de esta materia se titulaba así: Cuento maravillosos españoles. Sorpresa general, por no decir perplejidad. Me lo editó Crítica, una editorial de referencia, ya en la Barcelona de 1982.  Ejercía yo entonces de Primer Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de Sevilla. (¡Qué ocurrencias más raras tiene esa diosa de los caprichos!). Algunos ejemplares repartí entre los periodistas que cubrían la información municipal. Uno de ellos, con el que tenía confianza, tras hojear un poco el libro, me dijo: “Antonio, y tú qué c… haces aquí? No se me olvidará.  

Cuarto arco del círculo: recabé de mi propia infancia los cuentos que contaba mi madre, que me entraban por el oído izquierdo, como si dijéramos, mientras que por el derecho llegaban las historias de un presunto y presuntuoso virrey de Filipinas, el abuelo materno de mi padre. De esa mezcla nació, creo, mi inclinación a la realidad de lo fantástico, como decía Ana María Matute, mi hada madrina, por si no lo saben. Por entonces. años 60-70, descubrí –quinto arco-, que los cuentos de tradición oral andaban muy maltrechos y desamparados, después de un par de siglos de rapiña ideológica, de menosprecio por parte de la cultura letrada. ¿Qué quedaría de ellos? Siguiendo las enseñanzas de Caro Baroja, me eché al camino, con uno de aquellos pesados cacharros de base magnética. También leí atentamente lo que habían recogido folcloristas solventes, como el padre de los Machado, claro, y luego Aurelio M. Espinosa, que vino de la Universidad de Stanford en los años veinte, e hizo una espléndida recopilación de nuestros Pulgarcitos, Cenicientas y Blancanieves -siempre con otros nombres-, que nada debían, ni deben, a la influencia extranjera de los Perrault-Grimm-Disney.

1977. Mi primera informante la encontré en Carmona.  Ángeles Salgado… Entre otras historias, me contó Juan el Oso, un cuento maravilloso del que hay versiones en todo el mundo heredero de la antiquísima cultura indoeuropea. No se asunten de lo que les voy a decir, ni piensen que exagero, como buen andaluz que quiero ser, o que la edad me hace disparatar: gracias a una reciente metodología filogenética, emparentada con la prospección del ADN, ese cuento puede tener entre cuatro y cinco mil años de antigüedad. ¿Cómo llegó a la memoria de Ángeles Salgado? Misterio. Misterio de la oralidad, la otra cultura, que sirvió mucho tiempo para el entendimiento entre los pueblos, al margen de las culturas oficiales. Ángeles Salgado no lo había leído en ningún sitio, entre otras razones porque no sabía leer. 

Antes que se me olvide:  cuando don Quijote baja a la Cueva de Montesinos, hace una alusión expresa a ese cuento. Siempre don Miguel, certero y enigmático.

Y otro “por cierto”: el 14 de mayo de 2021 hice donación al Museo de Artes Populares de Sevilla de las sesenta y ocho horas de cuentos grabados en mi primer trabajo de campo. Allí descansan, para todo el que quiera consultarlos.

En 2009, a partir de una idea original de Beatriz Rodríguez Delgado, hicimos otra recogida de campo en las cuatro lenguas españolas, para un documental de José Luis López Linares, que encargó el Ministerio de Cultura. Todo el trabajo, además del registro audiovisual, está recogido en un libro que se titula La memoria de los cuentos, publicado por el Ministerio en 2010.

Sexto arco de este círculo mágico, según lo que voy contando. Pateaba el territorio, en mi primer trabajo de campo, desde Huelva hasta Almería, y algo también en Extremadura, esa pícara suerte puso en mis manos otro libro admirable e imprescindible: Morfología del cuento (1928, en España 1970)), de un tal Vladimir Propp, formalista ruso que descubrió la portentosa estructura oculta de todos los cuentos maravillosos, antecesores de los que se denominan “cuentos de hadas”.  Con él en la mano, intenté poner un poco de orden en los maltratados cuentos populares españoles, ya con metodología estructural de mi propia cosecha: el arquetipo del cuento.  Lo malo es que aquel sabio tan lejano era profesor de la Universidad de Leningrado. Y cuando en mi Facultad descubrieron que yo andaba interesado en un autor marxista, según ellos, ahí me buscaron la ruina. La ruina académica, claro, que no es poca cosa.   Un buen día de 1975, el director del Departamento, de cuyo nombre no me apetece acordarme, me indicó amablemente el camino para que disfrutase del aire fresco de la calle. El franquismo no siempre aplicó procedimientos expeditivos contra los disidentes –en mi caso, un socialista democrático-; a veces eran más sibilinos, pero no menos destructivos para quien los padecía. Aquel sambenito de “marxista”, que me aplicaron por deducción, lo arrastré muchos años. Fue entonces cuando preparé oposiciones a cátedra de Instituto, que obtuve en 1975, poco antes de la muerte del dictador.  No me quedaba otra. 

Séptimo y último tramo del círculo perfecto. En esa misma Facultad de Sevilla, coincidí –otra no casualidad- con Carmen Romero López, a la sazón novia de Felipe González. (No sé si les suena). Ella, delegada de Facultad, yo delegado de curso. Corría el año de gracia de 1968. Asambleas, huelgas, protestas… Corrimos poco delante de los grises –para los que no lo sepan, la policía franquista- como que no nos dio tiempo de comprobar si debajo de los adoquines de la calle San Fernando estaba la playa. Puede decirse que, en una de esas, yo seguí corriendo, corriendo, hasta subir a bordo del Comillas, un buque de la compañía Trasatlántica, atracado en el muy alcalareño muelle de Nueva York, donde se estibaban los grandes bocoyes de aceitunas, rumbo a Norteamérica. En él hice mis primeras prácticas de Náutica, una carrera que acababa de culminar en La Coruña, justo en aquel mismo año mítico. Dos meses estuve tan ricamente navegando por el Caribe (ahí queda eso), y pisando playas verdaderas, que eso sí, parecían de mentira. En medio del Atlántico, situé el buque por siete alturas verdaderas de otras tantas estrellas:  Aldebarán, Rigel, Sirius, Fomalhaut, Alferath, Mirfak, Capella. Siete estrellas del inmenso collar de la noche. Lo pone en mi cuaderno de navegación: 15 de agosto de 1968. Pero aún dudo si fue realidad de lo fantástico o fantasía de lo real.   

Lo demás ya es historia.

Gracias.                                                      

Antonio Rodríguez Almodóvar

Sevilla, 11 de noviembre de 2025.

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