ELEGÍA DEL DESAMOR

Por José Sarria

“El fiel de la balanza”

Manuel Francisco Reina

Cuadernos del laberinto (Madrid, 2021)

Escribía el gran Ibn Zaydun: “Pasa tus ojos sobre las líneas de mi escrito/ y encontrarás mis lágrimas desposadas con la tinta”, a modo de afirmación vital frente al daño, frente a la pérdida de aquello que un día se elevaba en sus mañanas como bastión inexpugnable. Y han sido estos versos del escritor andalusí los que han llegado hasta el zaguán de mi corazón tras la lectura de “El fiel de la balanza”, del gaditano Manuel Francisco Reina, quien ha elevado una solemne basílica poética (en el sentido de la “Iustitia” romana) donde exponer la causa de la aflicción por el amor perdido. Pero el poeta no solo expone el dolor, que sería lo artificial, sino que moldea y ahorma esa circunstancia para hacer trascendencia de lo cotidiano. Y es aquí donde reside la grandeza de la poesía de nuestro autor.

Dotado de una impresionante “inventio” aristotélica y quintiliana, Manuel Francisco Reina concibe un mundo muy particular desde la “ciudad del Paraíso”, erigida a modo de huerta edénica, lugar desde el que el poeta establece su personal cosmogonía que da explicación al origen de la herida que surca a través de sus versos. Recorrido existencial, sustentado desde la construcción de un campo semántico transversal que converge, irremediablemente, hacia el sentido final del texto: la comprensión, o quizás, la asunción del dolor humano (“voy a enumerar los nombres secretos del dolor que desataste”), como elemento nuclear y de ahí, la afirmación vital frente a la desaparición de todo lo que un día amamos, como acto de liberación más que de consumación o acabamiento.

Fue Paul Valéry quien dijo que los poemas son un intento de expresar con palabras, lo mismo que dicen los gritos y las lágrimas. Y es este, precisamente, el testimonio de nuestro poeta, el espacio constitutivo desde el que iluminar la sustantividad con la que erige una propuesta lírica que esencializa un pensamiento propio, una habitación personal desde donde dialoga sobre el sentido final de la derrota y sus expectativas; rebelión como arma frente al desasosiego: “Tendré memoria. Tendré memoria. Tendré memoria”, tal y como ha escrito la poeta de origen marroquí, Sahida Hamido: “comprendimos demasiado tarde que, víctimas de la ceguera del engaño, nadie nos había preparado para lo único que importaba: vivir”.

Enmarcado en la larga tradición española de poemas en prosa y afrontando uno de los tres temas eternos de la poesía española, tal y como señalaba Ramón Pérez de Ayala: el amor, Dios y la muerte, bajo un refinado discurso versicular, jalonado de precisas intertextualidades y dotado de un profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras, la indagación de Manuel Francisco Reina sobrepasa lo biográfico o el simple relato del desamor, para ofrecernos una obra más reflexiva que notarial sobre aspectos, posiblemente personales, pero elevados a calidad de lenguaje universal gracias a la magia del poema, invitando al lector a adentrarse en un texto rotundo, de versos nobles, profundos y espléndidos donde aparecen en escena imágenes de los momentos más felices (“Crean los amantes un idioma. Uno suyo que sólo a ellos pertenece. Lengua común que unifica el mundo”), el apasionamiento de los enamorados, la locura desmedida, junto con la traición (“Qué ajeno del puñal el amante que ya lo tiene alojado en su espalda, y sigue respirando, apenas consciente de que se desangra sin remedio”) y el sufrimiento por lo perdido. Lo nuclear evidencia la historia de la infamia y el adanismo, el relato de la perfidia y la evolución de la caída, frente a la necesidad de comprender y recuperar el equilibrio (“Hay un juego de equilibrio en el abismo”), bajo un más que acertado uso de la palabra, donde el recurso de lo memorístico se constituye en palanca con la que poner en movimiento la propuesta poética: recuerdo, ausencia y dolor (“Qué extraño esto de añorar, todavía, de tarde en tarde exangüe, lo que nos tenía presos y nos mataba”), que convergen en una poesía donde el proceso de muerte y resurrección personal cobran su más amplio sentido.

Pero, el poeta no se detiene en lo de tenebroso o sombrío que puede existir en la derrota, en la consternación, en lo doliente del desamparo, en el tósigo de su recuerdo o en la transitoriedad del daño, sino que al modo de Neruda cuando canta: “Pero porque pido silencio/ no crean que voy a morirme:/ me pasa todo lo contrario:/ sucede que voy a vivirme./ Sucede que soy y que sigo”, restaura el dolor en incendio y de aquellas pavesas estos versos convertidos en antorchas, en resurrección y en epifanía, quedando el corazón al amparo de la palabra: “El fiel de la balanza es una aguja que marca en un instante el equilibro”. La silente palabra florece, desde su riqueza y diversidad, austera a la vez que solemne y ciclópea, erigiéndose como altar donde milagrosa fluye, ante los ojos del lector, para convertirse en liberadora e iluminadora.

Manuel Francisco Reina ha constituido, desde las heridas, una magnífica obra, una afirmación vital ante el desamor, un camino para la continuidad de la existencia, en la búsqueda de lo sagrado, que se alcanza en las terrazas de una madurez en la que ha eclosionado el amor frente al dolor, la esperanza frente a la traición, bandera que ondea en el frontispicio de su nuevo hogar, bajo la divisa de su último verso: “la posteridad es mía”.

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