Por José Sarria

El renegado

Antonio Abad

Servicio de Publicaciones de la Consejería de

Educación y Cultura de la Ciudad Autónoma de Melilla

(Melilla, 2021)

Los espacios físicos y las ciudades siempre han tenido un atractivo especial para los creadores.

Las urbes legendarias, los lugares mitológicos o soñados han forjado el destino de algunos grandes autores. Así ocurrió con Alejandría y Cavafis, las ciudades griegas y Henry Miller, Trieste y James Joyce o Tánger y muchos de los escritores que cayeron bajo el encanto de esa “vedette que posa altiva en la puerta de África”, tal y como la describía Pierre Lotti.

Desde la mitología griega (que ya localizaba el décimo trabajo de Heracles en la zona del Estrecho de Gibraltar) hasta nuestros días, el emplazamiento norteafricano ha sido uno de esos lugares que con abisal fuerza ha sido objeto del interés de los escritores: Burroughs, Tennessee Williams, Gore Vidal, Truman Capote, Mohamed Chukri, Jean Genet, Allen Ginsberg, Juan Goytisolo, Yourcenar, Mrabet o el matrimonio de los Bowles.

Esa matria, que trasciende a la geografía o al derecho internacional, es un fundante continente sentimental en el que se encuentran, entrecruzan e hibridan culturas, lenguas o creencias, para convertirse en destino de historias comunes, amalgamado por lo bereber, lo hispanovisigodo, lo árabe, lo sefardí y lo andalusí, elevándose, secularmente, en un marco de incomparable valor creativo: crisol inigualable de poetas y contadores de historias. Y es, precisamente, en ese germinativo lugar donde se desarrolla la portentosa historia que Antonio Abad nos ofrece con su última entrega, “El renegado”.

Dalmiro Cuesta Armenteras era el único que no quería abandonar Ben Tieb, población rifeña equidistante de Melilla y Alhucemas (la antigua Villa Sanjurgo del Protectorado español). Toda la familia, empujada por los acontecimientos, partirá hacia Melilla un 19 de octubre, según certifica el dorso de la fotografía donde quedaron inmortalizados el mismo día de su exilio, por Esteban Portela, corresponsal del diario “Nuevo Mundo”. La novela arranca con el doliente desarraigo del joven Dalmiro, un arumi que llegará a transformarse en Ismail, tal y como le llamaba Nudia, “la de los ojos mansos y negros como el azabache, la de las manos pintadas de henna y su poquito de tazut”.

El Rif y su secular anhelo de libertad, primero frente a los españoles y posteriormente frente al Majzén, se convierte, en esta polifónica narración, en el elemento axial que acompaña no solo a Ismail, sino a todos sus protagonistas: Yilali y Farid, padre y hermano de Nudia, Izem, el gran líder rebelde, Ahmed y Amina, cuyo hijo está preso en alguna de las lóbregas cárceles de Kenitra, el Pimienta, Abul Messari y Benaissa, miembros de la insurgencia, el  doctor Fulgencio Guillén Cerisola que pretendía casarlo con su hija María Eugenia o Belkadi y Famma, que se convirtieron en su último refugio.

Refugio de un joven español a quien el amor por Nudia y la honda amistad trabada con Farid, le hará abrazar al Rif como patria de destino, el amazigh como su propia lengua y la resistencia frente a los años de plomo del Gobierno de Hassan II y a la crueldad del general Ufkir, como bandera de su existencia: “El Rif me reclamaba para que sus sueños se cumplieran”, será la promesa que Ismail hace ante la tumba de su inseparable amigo, Farid, que había caído en una emboscada tendida por una de las patrullas de la Gendarmería Real en las cercanías de un desvencijado morabo entre Amezzauru y Temsaman.

Lejos de ser la simple crónica notarial de un tiempo o un lugar concreto, Antonio Abad se detiene a contemplar el mundo, pero con otros ojos, para reinterpretarlo y erigirlo, gracias a su fundante capacidad creadora y a su maestría narradora, en baluarte de hondas sensaciones: dolor, ternura, afecto, angustia, asombro o desprecio.

La emoción forma parte esencial del misterio de todo proceso creativo. Sin la emoción, el texto no pasa de ser una mera crónica descriptiva o biográfica. “El renegado” contiene la habilidad descriptiva suficiente y los elementos creacionales precisos para convertirlo en un texto trascendente e inmarcesible, gracias a la verdadera y honda emoción que transita entre sus páginas.

No pertenece, en absoluto, Antonio Abad a esa pléyade de neonarradores ocasionales que han hecho de la novela histórica un género mercantil, aderezado de relatos enguayabados, sin más conocimiento del entorno y de la historia que unas cuantas semanas de turismo literario postcolonial por los entornos narrativos, ajenos a la llamada de la sangre que brota en las legítimas y genuinas palabras de quienes son hijos de aquella época en tránsito: Ángel Vázquez, Ramón Buenaventura, Antonio Lozano, Sergio Barce o el propio Antonio Abad.

Abad conoce, ama y siente profundamente estos lugares: el zoco de El-Jemis de Temsaman, Tahuarda, Muley Ahmed Cherif, Targuist, los hermosos atardeceres de Ketama, Mokrisset o el encantador pueblito pesquero de El-Jebha, y sus gentes, sus anhelos y sus frustraciones. Así se demuestra a la hora no solo de contar y narrar, sino de transmitir con palabras un intenso y solidario afecto por todos ellos.

Ese magma inconmensurable de lugares, personajes, historias y sentimientos, ha sido el material creativo que ha sabido emplear, magistralmente, Abad, para describir un tiempo inestable, anudar una época, unas personas, sus esperanzas y desengaños, en un marco tan inestable como el del periodo postcolonial español y la construcción del nuevo Estado de Marruecos.

Las referencias geográficas o históricas servirán de telón de fondo para hilvanar una extraordinaria novela, un relato en la frontera de la épica cotidiana, mitificación del Rif y su entorno, como sostén de un texto que devuelve al mundo su hermosura, su primigenia doncellez, allí donde Nudia e Ismail representan y simbolizan las más hermosas aspiraciones del ser humano: amor y libertad.

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