Acerca de Todas las sombras, de Inés Montes

Por Fuensanta Martín Quero

Inés Montes es una poeta y narradora nacida en Málaga, licenciada en Filología Hispánica y especializada además en Teoría de la Literatura y Literaturas Comparadas. Ha publicado cinco libros de poesía y ha recibido diversos premios literarios. En narrativa su libro de relatos De repente, siempre es tarde obtuvo en 2021 el Premio Andalucía de la Crítica, lo cual avala la altura literaria de su escritura. Otras de sus grandes vocaciones creativas es la fotografía, habiendo publicado trabajos gráficos en las revistas de ámbito nacional Puerta Oscura y Bulevar.

Todas las sombras es el último libro de poesía de Inés Montes (editorial etc El Toro Celeste, 2024). Ya desde el título observamos el eje axial del poemario que no es otro que las sombras o, lo que es lo mismo, aquello que estas representan; es decir, lo oscuro, lo apesadumbrado que habita en el ser humano. Pero, además, el determinante ‘todas’ no deja lugar a cualquier resquicio porque las sombras constituyen para ella un conjunto de emociones que, aun teniendo orígenes diversos, comparten aquí una misma raíz, un idéntico espacio de desarraigo en el que el sujeto poético se siente extranjero en su propio devenir al que contempla desde la atalaya del tiempo presente y desde el desahucio sentido del tiempo pasado. La idea de totalidad, de lo absoluto, referida a las sombras se expresa así desde el título como pórtico de lo que a continuación desarrolla en los poemas.

Sin embargo, he de adelantar que esa oscuridad sublimada mediante la palabra poética constituye el reverso de la luz o belleza natural y satisfecha inherente a la vida. Porque en este libro el sujeto poético desarrolla en el fondo una búsqueda de la pulsión vital con toda intensidad desde el lugar emocional inhóspito en el que se halla.

En términos generales, podemos decir que toda obra poética es fruto de una intencionalidad comunicativa determinada que varía según el autor/a y el libro de que se trate.  Podemos distinguir una poesía con una clara función expresiva que, mediante un lenguaje específico, manifiesta los sentimientos y pensamientos del poeta, bien sean de amor o de desamor, de gozo vivido en una etapa temporal concreta o de desaliento por el paso del tiempo, de angustia vital o de esperanza, etc. Recordemos, por ejemplo, la hondísima «Elegía a Ramón Sijé», de Miguel Hernández, en la que no cabe en los versos ninguna otra interpretación emocional que aquello que se dice.

O bien podemos citar igualmente la poesía comprometida que pone el énfasis en la instrumentalización de la misma como medio de denuncia de injusticias sociales o de falta de libertad (por ejemplo, en Ángela Figuera Aymerich, Celaya, Blas de Otero, etc), en ocasiones otorgando mayor relevancia a los mensajes transmitidos que a su complejidad formal a través de poemas perfectamente inteligibles para la mayoría de los lectores. Asimismo, a lo largo de la historia de la literatura, se han escrito y se escriben poemas, por ejemplo, con un único fin estético como exhibición de un virtuosismo formal. Las variantes son diversas.

Entre las distintas maneras de concebir el poema a menudo nos encontramos con obras que, eludiendo lo anecdótico, indagan sobre las emociones o sobre la existencia o algún aspecto de la misma a través de los versos, con frecuencia catárticos y reveladores para el autor. Desde esta óptica el poeta realiza la búsqueda de sí mismo impelido por la necesidad de entender y de entenderse. Se trata de un proceso dirigido al descubrimiento personal y/o de la realidad, de autognosis y de necesidad de revelación de la verdad. Es dentro de esta perspectiva en la que se encuadra Todas las sombras. El camino indagatorio recorrido por Inés Montes en este libro a través del juego entre oscuridad y luz (como significantes y como significados) se sitúa en el mismo punto de partida que otros poetas, anteriores y presentes. Su poética entronca en este sentido con autores como Julia Uceda. Un fragmento de «Libertad de la luz», del libro Campanas de Sansueña de la poeta hispalense, dice: «No sé: ¿cómo saber quién fui, quién, ellos, fueron,/sin luz?/Yo, a mí misma,/regresaré por esa luz   ̶semilla de una luz ahora ̶ /restaurando los rostros mordidos por el tiempo,/ordenando la casa que me habita/ ̶ puesto el mirto en los vasos/en honor de las sombras ancestrales  ̶».

Uceda se pregunta para conocer acerca de la identidad aludiendo a un pasado ancestral oscuro en contraposición a un presente que es «luz ahora». Inés Montes parte de la oscuridad en la que el sujeto lírico se encuentra y, entre otros aspectos, rememora el pasado iluminado y gozoso. Dos sentidos aparentemente opuestos, pero de raíz similar porque las dos autoras centran su poesía en una búsqueda.

Todas las sombras se estructura en cuatro partes. La primera de ellas está constituida por una prosa poética que tiene un carácter introductorio, las dos partes centrales las conforman poemas escritos en verso libre y en la cuarta y última encontramos diez textos igualmente en prosa poética. El prólogo pertenece a Alicia Aza, destacada poeta de la literatura actual de nuestro país, cuyas dos últimas obras (a fecha de hoy) han sido objeto de mi análisis. Concluye esta edición con una interesante entrevista que el escritor gaditano Manuel Francisco Reina le hace a la autora en torno a este poemario y a su manera de concebir la escritura, así como sobre su relación con el mundo literario.

Como afirma la prologuista, en el libro Inés Montes «Habla de soledad, una soledad que le abruma y que barniza todos los versos, aunque sea en su superficie». Por ello, en palabras muy certeras de Alicia Aza, «lo que queda del ahora es la orfandad frente al otro». Es, por tanto, la soledad del sujeto poético pilar fundamental del libro. Pero no se trata de un sentimiento de aislamiento per se, sino que este es el resultado de unas vivencias y de una percepción concreta de la autora sobre el paso del tiempo y sobre el mundo exterior, displicente y desabrido.

Resulta paradójico que en las sociedades en las que vivimos los seres humanos estemos más interconectados que nunca mediante los teléfonos móviles, redes sociales, autovías y autopistas, así como medios de transporte más rápidos y directos que en otras épocas, y, sin embargo, mucha gente vive en una soledad interior sostenida y solapada. Intercambiamos mensajes a través de wasaps y de correos electrónicos en los que con frecuencia interpretamos erróneamente la intención comunicativa del emisor y en los que no podemos percibir los gestos, las expresiones, el lenguaje corporal de nuestro interlocutor; a lo que hay que sumar el hecho de que las redes sociales ofrecen continuamente perfiles concretos de los que interactúan proyectando a menudo una imagen ilusoria y distorsionada de algunos/as. Un mundo de encuentros fugaces en donde se hace muy complicado el acercamiento personal y humano. Se trata de espacios virtuales que construyen muros invisibles y que son propios de esta era digital con agendas apretadas de anotaciones y diariamente incumplidas. Es por ello que esa soledad que recorre los versos de Inés Montes no solo es la que incide en el sujeto poético sino que, además, forma parte de un rasgo propio de las sociedades modernas actuales, convirtiéndose así la autora en poeta de su tiempo, de la historia a la que pertenece.

Por otra parte, el transcurrir del tiempo está presente en todo el libro y se percibe el pasado como tiempo perdido y no recuperable. Así, en el poema «Gran Vía, 27» la autora rememora la niñez, con su alegría y su pureza, con la candidez de esos años no contaminada ni atrapada en los vericuetos que encontramos en la edad adulta. En este poema el recuerdo está contextualizado en una ciudad concreta (Granada) por cuyas calles y plazas caminaba ella en su infancia y en donde «El rumor de sus fuentes/te recuerda/que hay un tiempo/de inocencia/que flota en el aire». La alusión a la sonoridad del agua y la presencia de las fuentes vinculadas al paso del tiempo contienen aquí resonancias machadianas que aparecen en otras composiciones como en el bello poema «Tardes grises», cuyo título ya conecta con la simbología empleada por Machado para expresar tristeza, abatimiento.

En otros poemas se acentúa la nostalgia de la juventud, pero también de las pérdidas, como la de la madre de la autora en el titulado «Ausencia», donde se expresa la añoranza de su presencia y de sus manifestaciones de cariño. «Un gran viento se ha levantado/entre tu espalda y la mía», comienza diciendo. El viento es un vocablo reiterado a lo largo del libro. Simboliza lo que separa, lo que crea distancia, a menudo con violencia, como lo hace el paso del tiempo o la muerte, porque la muerte siempre es violenta.

El transcurso del tiempo se presenta también bajo el tono desgarrado que marca la intensidad de buena parte de este poemario. Se trata de un tiempo indolente que cierra «puertas» y da lugar a la pérdida de otras personas («con tus adioses inapelables», dice en el poema «Lo que queda del ahora»). En esta última composición el sujeto poético se dirige a aquel con una continua personificación del mismo percibiéndolo vil y sin compasión («Nada supe nunca/de tus mezquinos ojos/que no otorgan tregua/a la vida transcurrida»). El tiempo es despiadado y le provoca sufrimiento («Sonríes al triunfo/del salvaje artilugio/de la muerte/como un mercenario/recibiendo su paga») y también vacío («por qué has precipitado/este vacío otorgándome/tantas ausencias»). Y, sin embargo, frente a él, antepone el hálito de la memoria: «Aunque vacíes la bolsa/y exhibas tus victorias/siempre habrá un jardín inexpugnable/cuyas flores centelleen» (obsérvese la belleza lírica de los versos).

Precisamente este último poema comienza con uno de los temas cruciales del libro cuando dice «Cómo leer tu silencio, tiempo,/con el sabor de la indiferencia/en esta rueda de espejos rotos». El silencio, entendido como ausencia de respuestas a preguntas que quedan en el aire, pero también como carencia de comunicación real entre personas, percute en las emociones del sujeto poético de manera persistente constituyendo uno de los detonantes de su soledad. No se produce un auténtico acercamiento entre los seres humanos si las palabras se quedan en la superficie, son hipócritas o encierran maldades (“Hay ojos feroces y palabras mudas», expresa en el poema «No mires a los ojos de la gente»). Y en «Una conversación» la autora contrapone al «corazón silente» de una segunda persona del singular imaginaria a la que se dirige, las palabras («Quedan las palabras/que son ríos infinitos/dándole vida/a la tierra fértil»). Como bien afirma Alicia Aza en el prólogo, «Siempre tiene muy presente a la Palabra. Las palabras que se dicen, pero que solo fueron eso, palabras, sin que las mismas vinieran acompañadas de una verdad tangible».

Todo ello (paso del tiempo despiadado, pérdidas, ausencias, carencia de verdades tangibles, inexistencia de comunicación real…) la conduce por un camino de dolor, de oscuridad, en el que se concentran «todas las sombras» que sobre el sujeto poético gravitan. Por esta razón en el libro transitan constantemente binomios antitéticos como oscuridad/luz o noches/días, así como vocablos pertenecientes al campo semántico de la sombra (oscuridad, noche, tinieblas, sombrío…) y otros relacionados con la claridad (luz, día, fuego, iluminar…), en una constante pugna entre el presente oscuro y su reverso (no necesariamente explícito), que no es otro que la necesidad de hallar esa luz perdida de su camino vital.

Los recursos estilísticos utilizados por Inés Montes son variados y eficaces, en tanto que conmocionan el ánimo del lector/a. Oxímoron, anáforas, metáforas, imágenes contundentes, etc. De todos ellos cabe destacar la antítesis, fundamentalmente entre la oscuridad y la luz y los vocablos relacionados con ambos términos en un permanente desencuentro entre lo que existe (las sombras) y lo que no está (la claridad).

Muestra del dominio del lenguaje poético de Inés Montes es la efectividad expresiva con la que cierra los poemas, a menudo con magníficos aforismos como: «Aceptas que/cuanto has perdido/lo perdiste para siempre», «Tu voz se viste de realidad/y lo vence todo», «Cuando el viento se duerme/la noche estalla en pétalos de luz», etc.

Por otra parte, la ciudad constituye escenario preeminente en el que se contextualizan las emociones expresadas en más de un poema del libro. Pero no es el único. Igualmente aparecen en los versos espacios relacionados con el mar y se mencionan (con menor frecuencia) el desierto, las rocas o las montañas. Sin embargo, con alguna excepción como en el poema «Gran Vía, 27», no se está ante contextos físicos, sino que se trata de lugares que metaforizan en unos casos o reflejan en otros las emociones del sujeto poético. La identificación entre el mundo exterior y el interior de la poeta se produce constantemente.

Estos escenarios imaginarios, y algunos reales pero con carga simbólica como las montañas del Antitauro situadas en Turquía, aparecen de manera muy nítida en la cuarta parte de Todas las sombras, denominada «Ángeles desterrados», que nos trae a la memoria el libro Sobre los ángeles de Rafael Alberti, encuadrado en el movimiento surrealista de las vanguardias del pasado siglo y que responde a una etapa de gran crisis personal de su autor en la que todo aquello que había constituido brújula en su vida de pronto dejó de serlo sintiendo así la pérdida de aquellos mimbres que un día tuvo valor para él con el consecuente desconcierto y desarraigo interior. Escribió el poeta gaditano «¿Adónde el Paraíso,/sombra, tú que has estado?/Pregunta con silencio.//Ciudades sin respuestas,/ríos sin habla, cumbres/sin ecos, mares mudos» (del poema «Paraíso perdido» del libro citado).

Esta cuarta parte del poemario que nos ocupa  está conformada por diez textos escritos con una deliciosa prosa poética en la que la autora baja el tono desgarrado de las partes precedentes para adentrarse en un lenguaje poético sutil y profundo que aflora con autenticidad expresiva y sin trabas en su ejecución. En ellos la desazón del sujeto lírico se sitúa en un plano de menor intensidad para dar paso a un proceso de introspección indagatorio realizado desde la contemplación, pero también desde la  intuición,  acerca de los enigmas que encierran la vida y las emociones, las sombras (todas ellas) y las luces que no son visibles pero que están o que estuvieron alguna vez. Los seres humanos somos esos ángeles que se encuentran fuera de nosotros mismos, alejados de un territorio propio del que hemos sido expulsados por la incapacidad de entender aquello que concierne al interior de nuestra existencia, a lo ignoto de esta. Mediante imágenes bellísimas la autora se adentra en sí misma a través de paisajes contemplados por los que discurre su pensamiento. La vida, la muerte, la soledad, el paso del tiempo, las sombras, el camino hacia la luz, se presentan bajo el foco de la observación libre, sin pautas, sin directrices, para así poder extraer las respuestas que las emociones a priori no descubren, ajenas al encorsetamiento de la racionalidad. El lenguaje poético se convierte de esta forma en mecanismo cómplice de la poeta dirigido a la comprensión desde la emoción a través de la emoción.

En Todas las sombras encontramos versos de gran calidad literaria con un claro dominio del lenguaje poético por parte de su autora que no se refugia en los resquicios del signo ni en los disimulos para expresar aquello que desea decir. Y es que la autenticidad de Inés Montes (la poeta, la persona) la empuja a buscar la verdad en los demás, la palabra sincera, esa que recorre con frecuencia los versos de este magnífico poemario; pero también la verdad acerca de la existencia y de lo enigmático que esta y el paso del tiempo encierran. Su soledad, la suya propia que en definitiva es la de todos, es oscuridad y desgarro, pesadumbre y dolor; y, al mismo tiempo, constituye el punto de partida de un anhelo pendiente de diseccionar para convertirlo después en realidad porque, como expresa el director de cine Wim Wenders en la cita que antecede a la última parte de este espléndido libro, «Hoy, en la noche profunda,/empezará la primavera».    

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