ANÁLISIS DE HOMENAJES. IMÁGENES. Y MÁRGENES, DE ROSA ROMOJARO

Por Fuensanta Martín Quero

Homenajes. Imágenes. Y márgenes es el último libro de poesía de Rosa Romojaro, una de las figuras literarias más relevantes de la literatura actual de nuestro país, poeta, narradora y ensayista, nacida en Algeciras y residente en Málaga donde ha desarrollado actividad docente como Catedrática de Universidad. Cuenta con numerosas publicaciones entre ensayo, poesía y narrativa, y ha obtenido importantes premios y reconocimientos como el Manuel Alcántara, Ciudad de Salamanca, Jaén de Poesía, el Andalucía de la Crítica 2011 y el Premio de las Letras Andaluzas Elio Antonio de Nebrija, 2023, entre otros. Además, es miembro de las Reales Academias de Doctores de España, de Córdoba y de Antequera.

En una espléndida edición del Centro Cultural Generación del 27 (2025), nos encontramos con una creación literaria que, desde la cubierta hasta el final, su autora ha cuidado hasta el más mínimo detalle para configurarla como un todo, como una obra completa en el sentido que a continuación desarrollaré.

Ya en la portada se nos presenta una imagen de una pintura de María Teresa Martín-Vivaldi titulada Rojos en La Salute, cuyos colorido y trazos acompañan con coherencia al título del libro que contiene una sugerente sonoridad conseguida mediante las terminaciones de los tres sustantivos que lo conforman. Tres conceptos (homenajes, imágenes y márgenes) en los que se aprecian fonemas idénticos o semejantes con una musicalidad buscada adrede por su autora. Tres vocablos que, además, aparecen separados por puntos para intensificar la idea de cada uno de ellos como partes diferentes del libro que, sin embargo, se sustentan entre sí configurando una única creación modelada poética y lingüísticamente por Romojaro con un mensaje que subyace (o que se deduce) en esta bella portada: la conjugación de la palabra poética, de las imágenes y del sonido (representado este por el juego de palabras citado) para conformar una obra única.

Los tres conceptos del título constituyen las tres partes del libro, que viene precedido por una cita extraída del poema Le cimetière marin (El cementerio marino) de Paul Valéry, casi homónimo del primer poema que inicia esta obra, titulado «Cementerio marino», con el que la autora homenajea a su hermana fallecida.

En la primera parte, «Homenajes», Rosa Romojaro dirige y dedica sus versos a personas queridas y cercanas a ella. La segunda, «Imágenes», está constituida por un conjunto de doce poemas sobre imágenes creativas (écfrasis) que acompañan a los mismos en el libro, lo que permite al lector/a visualizar la obra pictórica o fotográfica junto a la lectura de los versos. Y la tercera, «Y márgenes», se subdivide en «A) Poemas marginados» y «B) En los márgenes del poema (Canciones, juegos, ruegos)», jugando de nuevo la autora con los significados, los lexemas, los sonidos y con las terminaciones de los vocablos («marginados»/«márgenes», «juegos»/«ruegos»).

Tal como declara la autora «A modo de prólogo» en un explícito texto que introduce esta obra bajo el título «El deseo y la écfrasis»: «Sí, todo lo que ofrezco en este libro obedece al deseo. Pero también en este libro sigo estando (y siendo) fundamentalmente yo, al igual que los temas y motivos de mi total escritura». Ese deseo al que se refiere es la necesidad de materializar la personal inclinación hacia algo, en su caso la escritura creativa, obstaculizada a menudo a lo largo de su trayecto vital por otros quehaceres. Pero, además, en esta obra esa creatividad se proyecta sobre los otros, hacia el exterior, dirigiendo su mirada poética hacia personas queridas a las que homenajea, hacia las obras de «artistas cercanos y admirados» por ella o hacia los niños que «han rodeado esta madurez» suya. Por esta razón Romojaro dice en el prólogo que «en gran parte de los poemas aquí contenidos el objeto de mi escritura traspasaba mi límite».

La autora establece así una aparente distinción de dos espacios: el de los otros y el suyo propio. El límite entre ambos se disuelve mediante la atención que, poéticamente, dirige hacia ese territorio ajeno, aunque cercano. Y digo aparente porque en realidad esa incursión en el espacio del otro no es más que el reflejo de su propio yo. Por ello en este texto introductorio reconoce que en esa mirada sigue estando (y siendo) ella misma, y especifica que «este límite estaba fuera de mi persona, centrado en otra, o en la obra de esta otra persona o en sus espacios de creación, pero siempre también en mí, o siempre desde mí, ya que han sido mis ojos los que observaban lo que ante mí se presentaba».

Una característica relevante de este libro y que, a mi modo de ver, constituye una cualidad imprescindible de todo buen creador o creadora pertenezca al ámbito literario y artístico al que pertenezca, es la libertad en la ejecución de la obra, evidentemente siempre dentro de los parámetros que la definen. «¿Y si uno quiere cantar y componer una melodía y fundirla en una letra? ¿Por qué no hacerlo?», cuestiona la autora en el prólogo. Y eso es lo que hace Romojaro. En la tercera parte del libro, titulada «Y márgenes», aparecen canciones, y a varias de estas su autora le ha compuesto una música que, junto a esos poemas, se encuentra escrita en partituras como un dechado de creatividad.

En Homenajes. Imágenes. Y márgenes se imbrican, por tanto, la poesía, las imágenes (pintura y fotografía) y la música, pero siempre desde el origen; es decir, desde la obra poética, sin perder el pulso como poeta, sino amplificándolo en este libro mediante el diálogo con estas otras manifestaciones artísticas; más allá de la palabra poética, aunque siempre partiendo de esta, como un todo unitario y novedoso. Característica innovadora que ya encontramos en otras creaciones anteriores de Rosa Romojaro, como en su novela Puntos de fuga (Editorial Renacimiento, 2021), cuya forma narrativa se sustenta en microtextos con una aparente individualidad pero que establecen un hilo argumental y una estructura muy sutil que dotan al conjunto de una unidad completa.

Esta variedad del libro, caracterizado por una rica intertextualidad, da lugar a que en palabras de Romojaro «pudiera considerarse un especial libro-álbum» (p. 9), en el que su intención ha sido «hermanar las imágenes pictóricas con las poéticas, hermanar en fin, también, la música del poema con la música obtenida al tratar el texto como una canción»; es decir, como bien expresa ella en el prólogo, «fundir, pues, de algún modo, artes distintas» (p. 10).

La primera parte, «Homenajes», la conforman seis poemas; el quinto subdividido a su vez en tres. Cuatro de estas composiciones son de carácter elegíaco y, concretamente, la que abre el libro es un emotivo poema, «Cementerio marino», cuyo título, como he apuntado con anterioridad, está inspirado en el de Paul Valéry del que procede la cita que sirve de pórtico a esta obra. Viene acompañado de un bello y sugerente collage compuesto por un fragmento del panteón en el que se encuentra enterrada su hermana en el cementerio de la localidad barcelonesa Villasar de Mar y aguas del mar Mediterráneo en perfecta comunión con un azul y despejado cielo. La evocación de la muerte desde un estado de serenidad es proyectada en esta imagen en consonancia con los bellos versos dedicados a la hermana de la autora. La muerte no se presenta aquí como el tránsito hacia la nada, sino como vida que palpita en los versos mediante los que se comunica emocionada con ella: «Acompáñame, hermana, no te alejes:/has de venir conmigo a la nueva aventura/de este decir callado/de este vivir diciendo/de este mirar futuro». Lo que se hace patente cuando se insertan palabras que fueron pronunciadas por su hermana a la que recuerda «tras el cristal dormida», manifestando así un estado de latencia; es decir, la inexistencia de la finitud absoluta del ser querido que habita en «ese otro mar» que separa la orilla en la que se encuentra la poeta.  A lo largo del poema el mar aparece como metáfora de esa otra dimensión existente tras la muerte, pero igualmente se establece un símil entre el mar y la voz de la hermana («Tu voz era un aliento pendiente en la distancia,/aún me llega su eco,/como el mar») y entre este y el libro («las páginas de un libro, como olas de un mar:/el libro,/como el mar,/tan distinto y tan mismo»). Por ello, en el libro (el mar) la hermana habita y cobra vida en los versos de la autora, siendo estos de un elevado lirismo: «Ahora tú puedes,/puedes guiar mi mano/ (…)/puedes andar mi senda/(ese poco de tiempo que aún pedías),/puedes cumplir tu encargo:/estar en mi palabra».

La muerte es redimida igualmente en el poema con el que homenajea a José Antonio Muñoz Rojas, titulado «De su Rosa en su corazón». El tema amoroso, que es centro del libro del poeta antequerano Cantos a Rosa, se superpone aquí al elegíaco otorgando a este un tono vital y no sombrío. La rememoración del gozo de los amantes a través de líricos versos constituye un canto a la vida a pesar de la muerte. Pero, además, vuelve de nuevo la palabra, el libro, a constituir regazo donde perdura otra forma de vida, lugar en el que perviven el poeta y su amada, contraponiendo así la eternidad que permite el poema frente a la finitud de la vida: «No hay hueco que llenar, estáis en él,/por siempre en la palabra»; «tus ojos, tus oídos, tu perfume/suspendido en el aire,/como el de aquella Rosa. Aquí guardado».

La tercera composición, «Última tierra», es una elegía dedicada al poeta Antonio Parra escrita mediante un soneto inglés, forma poética que igualmente es utilizada en el hermoso poema con el que homenajea a María Victoria Atencia titulado «De cuando María Victoria Atencia visitó mi terraza como una diosa». En este se ensalza la poesía de la autora malagueña y su persona («Tus versos tienen lo que tú contienes/de belleza y bondad, de exactitud»), y recuerda el encuentro y la amistad entre ambas («…En mi memoria,/la tarde de amistad de aquel día claro»). El juego de palabras es un recurso utilizado de manera recurrente por Rosa Romojaro manejando el lenguaje de forma hábil para otorgar relevancia a la significación de aquello que desea expresar. En este poema lo encontramos nuevamente cuando dice: «…en un alud/de perfección derramas: tu victoria,/tú, María Victoria, como un faro/de luz en tu Farola».

Tres poemas aunados bajo el título «Vías de encuentro» rinden homenaje a San Juan de la Cruz, no solo porque así lo indica la autora, sino porque, en primer lugar y desde un punto de vista formal, Romojaro utiliza aquí la lira y la séptima, estrofas de las que el insigne poeta abulense se sirvió en su obra poética, y porque el tema tratado en estas tres composiciones nos remite a las tres vías místicas de aquel, con la peculiaridad de que la autora las adapta a su propia concepción particular acorde con la época actual. El misticismo se transforma en pensamiento cuyo camino se traza, no desde la revelación espiritual, sino desde la percepción del vacío sobre el que el sujeto poético se pregunta y desde la necesidad del silencio como espacio de luz y armonía («…Sentid el fino/imán del aire entre la simetría/de luces, la  armonía/del reposo y del trazo,/la suavidad del mundo y su regazo»). Se produce aquí, no obstante, un cierto paralelismo o correspondencia con las dos primeras vías místicas (vacío/vía purgativa y silencio/vía iluminativa) expresadas en Noche oscura del alma.

El tercer poema de esta serie, titulado «III. Unidad (Mundo-Dios)», entronca claramente con la última vía mística de San Juan de la Cruz que es la vía unitiva en la que se une el alma con Dios alcanzando un estado de perfección. La autora, que utiliza el sintagma «mi amado» (obsérvese que el sustantivo aparece con minúscula inicial), empleado por el místico y por ella misma para referirse a Dios, no llega a sentir esa plenitud en la unión que aquel expresó en sus versos, sino que manifiesta su necesidad del amor de Dios y de encontrar su presencia («Ámame, amado, ahora/no alargues la ansiedad de esta demora»). De esta forma, nos encontramos con versos que, partiendo de una raíz espiritual, se encuadran en una poesía contemporánea centrada en la búsqueda de Dios y que ya aparece a lo largo de la historia de la literatura, como en Ernestina de Champourcín o, por ejemplo, en algunos poemas de Blas de Otero («Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte/ despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo/ oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando/solo. Arañando sombras para verte», poema «Hombre»). La incertidumbre sobre la presencia divina la encontramos también en poemas posteriores del libro como en «Otoño», perteneciente a la tercera parte, donde dice: «Se siente a Dios, entonces,/como el gran bienhechor;/que nos infunde vida y nos da la belleza:/Pero cierras los ojos/en la noche que iguala y el temblor sobrecoge./¿Hay alguien que nos guarda?».

Hay que señalar que no nos encontramos en estos poemas de Rosa Romojaro ante una poesía religiosa, sino ante una poesía de búsqueda de respuestas sobre la existencia, tema recurrente en el género lírico. La vía unitiva expresada en este poema entre el sujeto poético y Dios se enmarca dentro de la relación «Mundo-Dios», como alude en el título. El mundo es entendido como universo, como cosmos, consustancial a la presencia divina (Dios) y en donde tiene lugar la experiencia de lo bello como camino hacia la armonía.

Concluye esta primera parte con un poema con el que la autora rinde homenaje a una persona querida y en el que vuelve a resplandecer un  pulso de vida a pesar de la ausencia; una mirada dirigida al otro que, a su vez, constituye espejo de su propio yo.

En la segunda parte del libro la experiencia emocional y sensorial de la poeta ante la contemplación de ciertas obras pictóricas y fotográficas es trasladada al poema, así como determinadas atmósferas suscitadas por estas o ambientes del contexto en el que fueron expuestas, como declara ella en el prólogo (pp. 14-15). Se incluye aquí la reproducción de catorce imágenes magníficas de diferentes artistas que, salvo las dos últimas, formaron parte de exposiciones a las que la autora asistió en diferentes años. La calidad de la edición en lo que al tipo de papel se refiere permite que el lector o lectora pueda percibir con nitidez la belleza de las mismas a pesar de encontrarse limitadas por las dimensiones del libro. La disposición de cada par (en la página izquierda la imagen y en la página derecha el poema) da lugar a un mayor deleite en la lectura al poder visualizar la reproducción de cada obra artística de forma simultánea con los versos, al tiempo que estos nos trasladan mediante el recurso de la écfrasis una comprensión de las imágenes desde la contemplación personal que realiza Romojaro de cada una de ellas. Sin embargo, tenemos que puntualizar que no se trata de una descripción poética estricta de estas obras, sino que lo poético trasciende hacia un lenguaje que a menudo no se corresponde con lo racional sino más bien se trata de versos procedentes de ese mundo de las sensaciones que con frecuencia constituye motor de la escritura de los poetas. Se produce un buceo sensorial, intuitivo y emocional en estos bellísimos versos sin dejar de fondear en el lenguaje racional, que lo va adaptando en cada composición.

De esta forma, el poema «Transfiguración» constituye una interpretación poética de una fotografía de Carlos Pérez Siquier perteneciente a la exposición Al fin y al Cabo (2009). En la misma se realiza una descripción sublime del crepúsculo, del tránsito de la luz solar a la nocturna, por ejemplo cuando dice «El trazo de las aves se oscurece/y advierte desde el cielo su último clamor» o «Réplicas excitadas de la inasible luz./Lámparas de la ausencia. Los ojos en la escena,/desde la gradería de guijarros,/dan fe de lo que ocurre bajo el acantilado:/el relevo del día, la entrada de otra luz/que entenebra la cala,…» y «Cuando el mar se ennegrece y pide ser la mar». Obsérvese en este último verso como Romojaro juega nuevamente con el lenguaje y, sustituyendo el artículo masculino por el femenino, confiere connotaciones distintas al sustantivo ‘mar’ que arrastran sensaciones poéticas. Solo la intuición inexplicable deja pasar lo que se quiere expresar sin saber exactamente lo que es.  Y, sin embargo, se produce un acercamiento a lo racional, por ejemplo con el mismo título del poema en el que el tránsito de la luz crepuscular es concebido por la autora como una transfiguración o cambio de forma, concepto que enlaza con la expresión artística al tiempo que sugiere un estado espiritual cambiante. La profundidad de lo que se expresa la encontramos igualmente en bellísimos versos como «Las algas en la orilla/naufragan el aroma remoto de los tiempo».

Ante la contemplación de la rosa de la «Imagen 15», perteneciente a la exposición Natura. Pintura digital de Bornoy, da muestra nuevamente de esa profundidad, que se va repitiendo en los poemas, cuando se pregunta: «¿Llamamos en el trozo laminado del agua/o alguien nos llama/desde su abismo glauco?/¿Miramos o nos miran otros ojos?». Poema que concluye con dos versos sublimes refiriéndose a la rosa: «Aprisionada, lucha por salvar su corola/del cáliz que la hiere. Su grito nos reclama».

El juego entre imágenes poéticas y artísticas en conjunción con el ritmo y la rima del poema se hace notar en composiciones como «The World Walks» (soneto inglés) que traza un camino de comparación de imágenes hasta arribar a una meta de significados revelada en sus dos últimos versos (pareado).

En esta línea, la autora utiliza recursos ingeniosos como en el final de tres versos pertenecientes al poema «Acentos» donde ciertos fonemas imitan el canto de los tres mirlos de la pintura «Mirlos sobre azules» de Crís S.-Villegas, que lo acompaña. Los versos dicen así: «Toda la vida es tuya. Sí./La que te queda. Sí./De nadie sino tuya. Sí». Vemos que el adverbio de afirmación con el que concluye cada verso imprime un sonido y una intensidad que recuerda onomatopéyicamente al canto de las aves dibujadas.

Confiesa la autora en el texto introductorio a modo de prólogo que existe un «especial leitmotiv» en este libro, al que ya nos hemos referido anteriormente, que se trata de la idea de «Mundo dios», concepto que aquí carece de connotaciones religiosas y que en realidad alude a la inmanencia entre el cosmos y lo divino. Una mirada subjetiva que viene reflejada de manera genérica en el libro y, en particular, en versos nacidos de la contemplación de tres obras del pintor Fernando de la Rosa pertenecientes a la exposición Promenades (2019), entre los que se encuentran los siguientes: «Oh amigo, es tan difícil, casi tan imposible,/apresar el instante que se evade,//embriagados de dicha ante este mundo,/ante esta claridad, ante esta luz,/rozados por su aire.//Tú en tus cuadros de música,/yo en mi silencio escrito,//y ahí ese mundo dios» (en el poema «I.Tríptico para un díptico»).

La imbricación entre poesía, imágenes y también la música se produce ya desde esta segunda parte, por ejemplo en el poema «III.Armónico», écfrasis del cuadro Jeux d’eau, de Fernando de la Rosa: «Para que permanezca, tú guardas este mundo/tras tus cañas, tras surcos, tras pinceles de notas,/tras las líneas de música donde nadan las nubes…/Yo, en la música misma del verso y la palabra,/en la música mía, que hoy traigo a tu compás».

Concluye esta segunda parte con un poema, «La viajera», en el que el sujeto poético se deja llevar por las evocaciones que el hammam o baños árabes le suscitan, y viene acompañado de dos fotografías, una de Lucía Borrego titulada «Erg Chebbi (Mar de Dunas)» y otra del Hammam Al Ándalus de Málaga donde la belleza arquitectónica de una parte del recinto («Terma bajo la Cúpula») cobra protagonismo.

Con un nuevo juego de palabras que comparten el mismo lexema subdivide la autora la tercera parte del libro («Y márgenes») en dos: «A) Poemas marginados» y «B) En los márgenes del poema (Canciones, juegos, ruegos)». Este recurso junto con el empleo de vocablos parónimos es utilizado de forma recurrente por ella permitiendo así que la sonoridad (o musicalidad) intensifique lo poético al tiempo que dirige la atención hacia las posibilidades imaginarias de sus significados. Ejemplo de ello es el poema «Recepción» perteneciente a la primera subsección citada y donde aparecen términos polisémicos, parónimos y otros de idéntica raíz, llegando así a los límites del poema desde donde el sujeto poético busca lo que se encuentra silenciado. En ese sentido se trata de «poemas marginados», pero también por el hecho de que constituye un conjunto de composiciones que, como expresa Romojaro en su prólogo, son «textos retenidos en cajones que [manifiesta] me remiten a momentos de mi vida en los que los escribí o a las atmósferas que me rodeaban cuando los escribía».

Ese mundo dios al que nos referíamos antes constituye un canto al amor y a la belleza de la vida en una simbiosis entre ambos que recorre el libro como manifestación de humanidad de la autora: amor expresados en los homenajes a personas queridas, ausentes o no, belleza y evocaciones procedentes de pinturas y fotografías, o amor/belleza reflejados en la tercera parte como en «Narrar la gata»: «Este deseo/de dar/amor./Llegó la gata.//Y amor le dimos y ella nos dio amor,/y nos colmó la vida en los atardeceres/mirando al infinito desde el porche» o «Entonces comprendí que la belleza/ ̶ así hablaba la gata  ̶/había vuelto a romper/el eslabón de la cadena. Al fin».

Y, sin embargo, sabemos que todo tiene su envés en la vida. También el amor: «Antítesis suprema:/amar y traicionar en una sola rama./Como la doble cara del amor» (poema «Oxímoron»). O versos que, como he indicado, fondean poéticamente en las palabras a través de los significantes («Recepción») y otros que constituyen evocaciones y se presentan de forma dual («Verano»/«Otoño»).

Pero también la mirada exterior que Romojaro concede en esta obra la proyecta aquí de manera sublime en poemas en los que se expresa el lado abrupto y oscuro del mundo. La encontramos en «Imprecación» («Gritos./Maldigo desde aquí y desde dentro/la zafiedad y la avaricia/que impiden el sosiego y anulan la belleza»), en «Lluvia» («…El aire que era rosa/cae barrido/por la capa de lluvia/que anega el corazón») y, fundamentalmente, en cinco emocionantes poemas agrupados bajo el título «Cinco maneras de mirar un daño», en los que la voz del sujeto poético es cambiante, así como el contexto/escenario y el tiempo de la acción o situación, adoptando así rasgos propios de los textos dramáticos y aproximándose de esta forma a una hibridación en cuanto al género literario que Romojaro ya ha puesto en práctica con solvencia en obras como Puntos de Fuga, mencionada anteriormente. En estos cinco poemas se secuencia el sufrimiento procedente, no solo del desamor, sino sobre todo del comportamiento violento y del maltrato que recibe una mujer por el hombre al que ama. El tono desgarrado intensifica la expresión poética dejando pasar las emociones. Se trata de versos conmovedores, dotados de recursos a través de los cuales el lector o lectora no puede sino sentir estremecimiento: «El hombre grita/y la mujer quisiera responder/y ha de sacar palabras desde el vientre,/y el vientre se le rompe desde el grito», «y adónde va a ir ya/con los años a cuestas/y el vientre roto/y también la cabeza/de aquella vez/que le aplastó la bolsa de aluminio/con su puño» [poema «1. La pérdida (Hablo yo)»]; «amor que solo esperas/el día de mi muerte,/y a veces desesperas,/y me empujas a ella» [poema «2. La cena (Habla ella)»]; «Pasó todo en aquella habitación,/aún perduran las huellas de la culpa/en rincones y ropas, en paredes y luces» [poema «3. La habitación del daño (Hablo yo)»]; «Ahora me han herido,/me han hundido en la tierra,/han pisado mi cara,/han quebrado mis sienes/…/han roto mi descanso,/hecho añicos mi sueño» [poema «4. Fronteras (Ella habla a su mundo)»]. Concluye, no obstante, esta serie con una última composición, titulada «5. Epifanía (Habla ella)», en la que el tono expresivo da un giro para situarse en un espacio de esperanza y de sanación, de liberación emocional y física: «Me acaricia la luz y también la penumbra./Me sana y me conmueve y me hace revivir/…/Y disponer mi tiempo y mi vida en las cosas/ajenas ya de ti».

En la segunda sección de esta tercera y última parte del libro, «B) En los márgenes del poema (Canciones, juegos, ruegos)», la autora se sitúa en las orillas de lo poético, que deja de ser exclusivo en tanto en cuanto se fusiona con la música hasta tal punto que los cuatro primeros poemas vienen acompañados de partituras que se corresponden con la melodía que Rosa Romojaro ha compuesto para cada uno de ellos. Al pie de las mismas, y como algo inusual y novedoso, un código QR nos permite accede al sonido. Cabe destacar el titulado «En la madrugá», dedicado al poeta y escritor malagueño Antonio García Velasco, in memoriam. Igualmente encontramos otras letras de canciones: «Balada de las dos hermanas», la lograda letrilla de «Copla (Fandango)», «Canción (Tía Mercedes y el sol)» y «Canto último a Pfeiffer», lleno de ternura.

Como expresa su autora en el texto introductorio respecto a estas composiciones finales, «son muestras las canciones que elijo y esos poemitas “de niños” con los que finaliza el libro, que me han trasladado a un tipo de poesía más popular y tradicional». Porque, efectivamente, el tono y forma populares caracterizan esta sección que, por otro lado, contiene algunos poemas para niños que entroncan con la literatura infantil escrita por Gloria Fuertes.

En definitiva, Homenajes. Imágenes. Y márgenes no es un libro de poesía común porque rompe con esa tendencia tan extendida de numerosas publicaciones actuales en las que los poemas más bien parecen partes uniformes de la obra y esta, un único poema con variaciones. Al contrario de ello, este libro está dotado de una heterogeneidad amalgamada con sutilezas estilísticas y de significados, que no pierde la independencia de cada unidad poemática pero que tampoco sacrifica la concepción unitaria de lo creado. Estamos ante un libro con una originalidad procedente de una florescencia creadora característica de Rosa Romojaro, imbricando verso, imagen y melodía, y en el que predomina una mirada contemplativa, emocional y abierta hacia el mundo (mundo-Dios) concebido al mismo tiempo como espejo de sí misma. La solvencia de los recursos empleados por ella, tanto en el plano semántico como en el formal, otorgan belleza y unidad al conjunto, cuyas partes quedan engarzadas entre sí para conformar una obra poética de gran altura literaria.

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