CRUSTÁCEOS: EL EXOESQUELETO DE LA EXISTENCIA

Por José Sarria

Crustáceos

Isabel Torné

Editorial Olé Libros (Valencia, 2025)

Decía Shakespeare en La tempestad que “estamos hechos de la misma materia que los sueños”. La afirmación adquiere una singular resonancia después de leer Crustáceos, de Isabel Torné, aunque en su caso habría que añadir que también estamos hechos de aquello que los sueños no consiguieron ser, porque por las páginas de este poemario transita insistentemente la conciencia de una vida imaginada que no coincide con la vida vivida; ese espacio intermedio, doloroso y profundamente humano, donde permanecen las decisiones no tomadas, los deseos incumplidos, los afectos perdidos y cuanto el tiempo ha ido dejando atrás.

Tal vez por ello la imagen elegida por Torné para dar título al libro resulta tan acertada. Ante la intemperie de vivir necesitamos una loriga: “Tendríamos que ser como crustáceos,/ cubiertos por un exoesqueleto/ que proteja los débiles costados/ del ataque inclemente de la angustia,/ del hueco de la vida imaginada”.

Pero la coraza no siempre está donde debería: “La coraza, ¿dónde está mi coraza?”, pregunta la voz poética.

Y esta interrogación termina proyectándose sobre todo el libro porque Crustáceos es, en buena medida, una indagación acerca de nuestra indefensión ante la existencia: frente al tiempo, la ausencia, el amor, la pérdida, la obediencia, la memoria y, finalmente, la muerte.

Antonio Enrique habla acertadamente en el prólogo de una radiografía y del vértigo de existir. Hay, efectivamente, algo radiográfico en estos poemas. Torné observa la vida desde dentro, buscando la fractura que permanece oculta bajo una piel aparentemente intacta: “La cicatriz no muestra/ el dolor de los músculos”. No interesa tanto el acontecimiento como la huella que este deposita en el interior del ser. De ahí que lo cotidiano (una taza con restos de café, unas cajas, una ventana, los pájaros sobre un tejado, una cazuela al fuego) abandone su condición meramente objetual para convertirse en materia simbólica, tal y como lo describió, extraordinariamente, María Victoria Atencia en su propia poética: “He visto que suelo ocuparme de temas muy leves o aparentemente leves …/… y que de una taza no me importan su asa o su cuenco, sino el vacío que la colma y al que debe su condición de taza, y me pregunto qué tengo yo de ella, y la miro con los ojos que la vieron los míos, si es que ellos no son yo misma en un tiempo que sólo en apariencia se sucede”, al igual que en Isabel Torné, en quien el tiempo es el gran protagonista invisible del libro: “Un manojo de tiempo es lo que somos./ Llevamos en las manos un hatajo/ de cables desatados e inconexos/ que conducen el tiempo y la memoria”, escribe la poeta. La expresión contiene buena parte de su poética: no atravesamos el tiempo, sino que somos tiempo. Arena acumulándose sobre arena hasta convertirse en estrato, “estaciones envasadas/ en estuches que no pueden abrirse”, días deshaciéndose en cenizas; el tiempo, no como abstracción filosófica, sino como materia que deteriora, transforma y desposee: la “geología de la vida”, en palabras de Antonio Enrique.

Pero lo verdaderamente inquietante es que el pasado tampoco constituye un territorio seguro. La memoria lo modifica, lo selecciona y finalmente lo inventa. “He fabricado una historia,/ o dos, o tres, o muchas/ que deambulan por mi mente/ hasta instalarse/ como la verdadera historia,/ la indiscutible y única”, reconoce la autora, hasta concluir que todo es ficción, porque somos también el relato que hemos elaborado de nosotros mismos. La idea conecta indisolublemente con Robert Frost y The Road Not Taken: aquella bifurcación desde la cual reconstruimos retrospectivamente nuestra existencia y otorgamos sentido a caminos que quizá nunca lo tuvieron.

Esta tensión entre lo que fue y lo que pudo haber sido atraviesa Crustáceos. De ahí el peso de expresiones como “la vida imaginada”, “lo perdido”, “lo que no existe” o “la vida que habría sido distinta”. El conflicto no reside únicamente en haber perdido algo, sino en añorar incluso aquello que nunca llegó a existir. Y aquí el libro alcanza algunos de sus momentos de mayor hondura: “la nostalgia de todo lo perdido,/ estar vacío y mudo cada tarde,/ caer en un abismo de repente,/ la vida que habría sido distinta,/ el dolor de añorar lo que no ha sido”.

A esa imposibilidad se añade otro elemento capital: la obediencia. “La obediencia se logra con la doma”, escribe Torné. Probablemente uno de los versos axiales del poemario, porque vivir supone también aceptar paulatinamente determinadas renuncias, asumir el “deber ser contra el ser mismo”, acomodarse a una existencia que quizá no elegimos. La doma se convierte así en aprendizaje de la resignación: familia, trabajo, rutina, obligaciones, miedo al cambio. Hasta descubrir que “No es visible la puerta de salida,/ uno mismo es la cárcel”.

Frente a todo ello queda el deseo de escapar. Huir, desertar, buscar senderos que no aparecen en los mapas. Pero Torné desconfía incluso de la salvación amorosa: “En el amor no existen salvavidas”. Nadie vendrá a rescatarnos porque el oasis, si existe, habrá de encontrarse “en el fondo de uno mismo”. El amor tampoco derrota al tiempo y puede convertirse en otra forma de espera, de servidumbre o de nostalgia.

La naturaleza, sin embargo, continúa. Y ahí surge una de las contradicciones más hermosas del libro. Mientras el ser humano se angustia ante su caducidad, diez mirlos conversan en una rama, una urraca observa desde el tejado rojo, las abejas liban flores de las tuyas, los cernícalos hablan despacio en la azotea y “las olas rompen en la arena de la playa”. El mundo prosigue indiferente a nuestra tragedia. Hay algo casi camusiano en esa confrontación entre nuestra necesidad desesperada de sentido y el silencio de una realidad que simplemente acontece. Y todo ello, acomodado, elevado al amparo de un lenguaje limpio, preciso, deliberadamente alejado del hermetismo, sostenido por una musicalidad en la que predominan cadencias endecasilábicas y alejandrinas. Los cincuenta y siete poemas, titulados mediante su primer verso, producen además la sensación de formar una única corriente meditativa. No estamos ante estampas independientes, sino ante variaciones de una misma interrogación: qué hacer con la vida cuando descubrimos que no se parece a aquella que imaginamos.

Y cuando parece que la respuesta no existe, afloran las palabras. Torné las coloca bajo el microscopio, las corta con microtomo, las tiñe con reactivos, observa sus sílabas intentando averiguar qué esconden. La escritura termina siendo otra forma de búsqueda: emoción que necesita encontrar pensamiento y pensamiento que necesita encontrar palabra, siguiendo la concepción de Robert Frost que la propia autora coloca como pórtico de uno de sus poemas: “La poesía sucede cuando una emoción encuentra su pensamiento y el pensamiento encuentra las palabras”.

Quizá ahí radique finalmente la paradoja más hermosa de Crustáceos. Escribimos porque nuestra coraza no basta. Escribimos precisamente porque somos vulnerables.

Isabel Torné ha construido un poemario de una notable coherencia conceptual, meditativo, despojado y dolorosamente lúcido, donde lo autobiográfico consigue trascender su circunstancia para instalarse en una experiencia reconocible por cualquiera. Porque todos, alguna vez, hemos mirado hacia atrás preguntándonos por aquella otra vida que pudo haber sido nuestra, por el lugar hacia el que pudo haber conducido aquel otro camino.

Y entonces, comprendemos que ningún exoesqueleto puede protegernos del tiempo, de la pérdida o de la muerte. Vivir acaso consista en aceptar esa intemperie, en sabernos fugaces mientras avanzamos por un laberinto cuyos caminos ignoramos y cuyo final conocemos de antemano. Nada podrá salvarnos de esa certeza, excepto la palabra. La palabra que nombra lo perdido, que rescata del olvido aquello que alguna vez fuimos y concede una precaria eternidad a lo que inevitablemente habrá de desaparecer.

Acaso solo ella pueda acompañarnos hasta el final: la última y frágil coraza frente a la inevitable intemperie de existir.

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