LA REVERBERACIÓN DE LO FUGITIVO

Por Antonio Enrique

Enrique Morón

Poesía Completa (1970-2021)

Editorial Nazarí (Granada, 2022)

Al cabo de toda una vida, Enrique Morón (Cádiar, 1942) nos entrega los treintaitrés poemarios que conforman su obra lírica, a lo que habría que sumar su producción teatral y El bronce de los días, libro de memorias. Tan vasta trayectoria ha debido verse parcelada en función del prólogo para una mayor comprensión y detenimiento: Antonio Enrique (desde 1970 a 1988: Con el albor del paisaje en la maleta), José Lupiáñez (1989 a 2011: De redenciones y naufragios) y Fernando de Villena (2012 a 2021: Con el peso del tiempo a las espaldas), más el ensayo introductorio Estética y estructura en la poesía de Enrique Morón, debido al ensayista y dramaturgo Antonio César Morón, que es quien ha coordinado el presente volumen.

     En solapa biográfica se nos da cuenta de los avatares de la vida de este hombre: no hubo más amor que la poesía, la suya y la ajena. Nunca tuvo interés por la notoriedad. No hubo metro o estrofa que no cultivara. Ni hubo tradición a la que no se adscribiera. Como tampoco los registros tonales, desde el profundamente lírico y elegíaco al satírico y jocoso. Sus temas pueden quintaesenciarse en el amor, el paisaje y el tránsito del tiempo.

     Muy pocos autores vivos han alcanzado obra tan lata y diversa, manteniendo siempre una pasión vital tan poderosa. Su hálito es inequívoco. Allá donde surja la emoción, está su voz. Los libros se multiplican, y casi es imposible elegir, aunque sí determinar zonas de inflexión, esto es, libros sin los cuales hubiera sido ardua la continuidad. De ahí que haya sido preciso el presente prólogo a tres voces, tres de sus amigos que hicieron vida con él.

     No me atrevo a dar títulos, porque naturalmente existen fases a tenor de impregnación existencial, desde la época de virtuosismo y aprendizaje en la que la estética suplanta cualquier otra mira, a otra época de humanización creciente e incluso desgarro personal, para concluir tal vez en una época final de ensimismamiento melancólico y nostalgia incurable. Pero si hubiera que decantarse por un título que con toda seguridad le exceda, ese sería Cementerio de Narila, texto en liras por completo excepcional y único en su generación.

     Miles de recuerdos alumbran mi vivencia de este poeta amantísimo de la Naturaleza, el mejor que nunca dio la Alpujarra granadina. Pero a mí mismo se me hace imposible terminar sin la evocación de Églogas de Tiena: José Lupiáñez, Fernando de Villena, Juan Jesús León y Enrique Morón, que escogió el otoño, su estación predilecta. Y es que hay otro tema del que Morón es también inseparable. Lo llamaron amistad.   

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