Por José Sarria
El paraíso de las luciérnagas
Vanessa Fens
Malpaso (2025)
Hay libros que aspiran a ofrecer una explicación del mundo o de la existencia; en cambio, otros se convierten en una propuesta personal desde la que constituir un lugar propio, una habitación repleta de interrogaciones, de indagaciones, de búsquedas, sin finales preconcebidos ni certezas de llegadas.
El paraíso de las luciérnagas, de Vanessa Fens, pertenece decididamente a estos últimos. Desde sus primeras páginas comprendemos que hemos entrado en un territorio donde las leyes ordinarias del lenguaje han sido suspendidas y donde la realidad solo puede ser dicha después de haber sido descompuesta y vuelta a construir.
Estamos ante una escritura de vocación vanguardista, arriesgada y deliberadamente incómoda, que rehúye la linealidad para adentrarse en esa región fronteriza en la que deseo, memoria, erotismo, culpa, identidad y muerte terminan contaminamdo unos a otros.
Francisco Layna Ranz advierte en el prólogo que nos encontramos ante “un espacio de luz pequeña, volátil”, donde la ausencia constituye uno de los principios generadores del libro. En efecto, casi todo cuanto aparece en estos poemas parece existir bajo la amenaza de desaparecer: los cuerpos, el amor, los recuerdos, el tiempo y hasta la propia identidad. “Poco queda de nosotros”, escribe Fens, y acaso en esa afirmación se encuentre una de las claves esenciales del poemario. Porque esta poesía parece escrita precisamente desde lo que queda cuando aquello que creíamos sólido comienza a desmoronarse.
De ahí que la fragilidad no sea aquí un accidente, sino una condición ontológica. “Soy vulnerable”, comienza uno de los primeros poemas; poco después insiste: “Soy frágil”. Dos declaraciones despojadas de cualquier artificio que contrastan violentamente con la extraordinaria proliferación metafórica que las rodea. La poeta se reconoce quebrantable frente al tiempo, frente al amor y frente a una realidad cuya estabilidad se ha perdido. Y por eso puede afirmar también: “El desequilibrio, mi realidad”. No estamos ante la búsqueda de un centro reparador, sino ante la aceptación de que quizá el centro nunca existió, de que la intemperie, la desnudez o la inestabilidad es el estado de permanencia.
Es aquí donde El paraíso de las luciérnagas puede ponerse en diálogo con aquella tensión que atraviesa la poesía de Luis Cernuda entre la realidad y el deseo. En Cernuda, el deseo tropieza incesantemente con un mundo que se niega a satisfacerlo; en Fens, esa fractura se extrema hasta afectar al lenguaje mismo. Ya no basta con verbalizar la contradicción: hay que construir una lengua contradictoria capaz de contenerla. De ahí esos sintagmas imposibles: “girasoles negros”, “amor escéptico”, “rosales de hierro”, “sábanas penúmbricas”, “arsénico extravío”, “serpientes hiperlumínicas”, mediante los cuales la palabra deja de representar la realidad para fabricar otra.
Alejandro Higashi ha observado acertadamente este procedimiento al distinguir en Fens entre símbolo y metáfora: la metáfora no se limitaría a ocultar o revelar una realidad previa, sino que produciría una realidad inexistente antes de ser nombrada. Esta apreciación resulta particularmente fecunda para entender el libro. En Fens, el lenguaje no describe sino que engendra. Y aquello que engendra posee una materialidad extraordinariamente sensorial, donde minerales, elementos químicos, cuerpos, colores, criaturas mitológicas, vocabulario tecnológico y referencias religiosas entran en permanente combustión. Higashi señala, además, cómo esa operación alcanza especialmente al erotismo, convertido mediante la reiteración y el ritmo en una suerte de “mantra erótico”.
Porque el cuerpo ocupa un lugar central en esta escritura. Pero no se trata de un cuerpo pacificado ni idealizado. Es un cuerpo vulnerable y deseante, sometido simultáneamente al placer y al juicio. Frente a siglos de construcción moral del deseo femenino, Fens reivindica la soberanía de un cuerpo que puede desear, entregarse, contradecirse y equivocarse: “Inventa una moral con huellas dúctiles”, escribe en Huellas dúctiles. La expresión resulta reveladora: frente a la moral petrificada, una moral dúctil; frente a la norma impuesta desde fuera, una conciencia que reclama el derecho a construir sus propios límites.
No resulta casual, por tanto, que la segunda parte del libro esté presidida por una cita del marqués de Sade contra la prisión de los prejuicios y la culpabilidad imaginaria. Tampoco que por estas páginas transiten Lilith, Perséfone, Justine, Mefisto, Asmodeo o Jezabel: figuras desplazadas, condenadas o transgresoras que configuran una mitología alternativa desde la cual cuestionar las categorías tradicionales del bien y del mal.
El libro había anunciado ya esta tensión mediante la cita de El libro de Enoc: el mal está plantado dentro de nosotros y comparte carne y aire con el santo. La oposición deja entonces de ser exterior. Bien y mal habitan el mismo cuerpo. Pureza y deseo, cielo e infierno, plegaria y orgasmo dejan de constituir territorios incompatibles.
Así sucede cuando aparece “el padrenuestro interrumpido” junto a “subliminales orgías”, o cuando Perséfone convierte el encuentro sexual en “volátil rito sexual” regido por “normas burladas”.
La provocación de Fens no consiste simplemente en introducir lo sexual dentro del espacio de lo sagrado. Su gesto resulta más profundo: cuestiona la legitimidad de una frontera que durante siglos separó artificialmente cuerpo y espíritu, elaborando una poesía que oscila entre el “simbolismo carnal” y la “humedad sacra”, como un territorio donde la palabra combustiona entre lo erótico y lo místico.
Pero sería reduccionista leer este poemario únicamente desde el erotismo. Por debajo del cuerpo circula otra gran propuesta, otra gran obsesión: el tiempo. Layna Ranz señala que “muerte, tiempo y amor son los singulares de este libro plural”. Y quizá sea el tiempo el verdadero antagonista de todos estos poemas, edificado desde un abisal campo semántico: el reloj, las horas, el otoño, diciembre, los aniversarios, el pasado, la espera y la memoria, que transita obsesivamente, desde una continuidad reflexiva en la que amar significa también enfrentarse a aquello que desaparecerá: “La muerte es más larga que el tiempo”, repite Fens.
La luciérnaga termina entonces revelando toda su potencia simbólica. Su luz existe porque existe la oscuridad y, sobre todo, porque dura apenas un instante. El paraíso de Fens no puede ser permanente. Es el fogonazo del deseo, el instante del encuentro, la iluminación precaria que inmediatamente comienza a convertirse en recuerdo. De ahí la extraordinaria imagen que da título al libro: seres diminutos produciendo destellos en medio de la noche, pequeñas resistencias luminosas frente a la inmensidad de lo oscuro.
Por eso, tras toda la exuberancia verbal, los neologismos, los minerales, las geometrías imposibles, los cuerpos, los ángeles, los demonios, los fluidos y las constelaciones, permanece una voz profundamente humana que pregunta por su lugar en el mundo.
Así se revela en el magnífico poema, Serpientes hiperlumínicas, donde la voz poética alcanza a engendrar una de sus formulaciones más desnudas: “Aquí no es lugar para mí …/… Por favor, comuníquense conmigo …/… ¡Este no es lugar para mí!”. Nadie responde. Quizá toda poesía verdadera nazca de esa llamada lanzada hacia un interlocutor incierto.
Vanessa Fens ha construido un libro desmesurado, hiperbólico, desbordante, apasionado, que respira bajo un aliento neobarroco de raíz vanguardista: un barroquismo del siglo XXI que sustituye los espejos y artificios del XVII por neones, cromosomas, sustancias químicas, humanoides y geometrías imposibles, pero que conserva aquella misma conciencia de un mundo inestable, contradictorio y condenado a la fugacidad.
La poeta no busca ni pretende tranquilizar al lector ni ofrecerle certezas, sino que lo obliga a atravesar un territorio inestable donde el deseo puede ser salvación y condena, la identidad puede fragmentarse, Dios puede ausentarse y la moral deja de ser una respuesta para convertirse en pregunta.
Y al final permanece la luciérnaga. Su luz mínima. Su fragilidad.
Tal vez porque frente a la oscuridad no siempre podemos aspirar a iluminar el mundo entero. A veces basta con producir, durante un instante, una pequeña luz propia a modo de paraíso de las luciérnagas.











