Por Fuensanta Martín Quero
Sonetos al alba
Mariluz Escribano
Dauro (Granada, 2005)
Sonetos del alba es el primer libro de poesía que salió a la luz de Mariluz Escribano Pueo. Fue publicado por primera vez por la editorial/colección Guadalhorce en la Imprenta Dardo (antigua Imprenta Sur) en 1991 de la mano del conocido editor malagueño Ángel Caffarena Such, sobrino de Emilio Prados. Los veintidós sonetos que lo conforman fueron escritos mucho antes por la autora, que por aquel entonces contaba con cincuenta y seis años, momento en el que inicia su incursión en la publicación de su obra, lo cual constituye un hecho revelador en cuanto a las dificultades que encontró en su trayectoria y consolidación como poeta y que, por justicia, no podemos dejar a un lado.
Consecuentemente, como ideas preliminares al análisis de este libro con el que inició su andadura pública como poeta, hay que recordar la confluencia de circunstancias que dieron lugar a que Mariluz Escribano comenzara a publicar su obra poética de forma tardía pese a haberse iniciado en la escritura de este género varias décadas antes. En las reflexiones que realiza en «Esbozo para una poética imposible», confiesa que por aquel entonces «tenía treinta y cinco años y cuatro hijos (el quinto llegó poco después. Me dedicaba, fundamentalmente, a sostener una familia, a dar clases en la facultad a todas horas (entonces era la Escuela Normal) y, en mi tiempo sobrante, estaba implicada en los movimientos ciudadanos de Granada»[1]. A ello hay que añadir el gran peso del patriarcado en una época de dictadura en la que las escritoras eran sistemáticamente olvidadas; pero también el estigma del pasado marcado por el trágico destino de su padre cuyas ideas en favor de la educación y de la república constituyeron el pretexto para que fuese fusilado por despiadados individuos del bando nacional en los primeros meses de la Guerra Civil española. Episodio que no podemos pasar de lado por su enorme gravedad y por la gran repercusión posterior en la vida de la poeta.
El padre de Mariluz, Agustín Escribano, fue director desde 1931 hasta 1936 de la Escuela Normal de Magisterio de Granada y había conseguido trasladarla desde un edificio en estado ruinoso sito en la calle Ballesteros a otro nuevo en la Gran Vía, contando para su construcción y dotación de medios con personal vinculado a los gremios de la ciudad y no a las empresas de peso granadinas, lo que dio lugar a que el empresariado de Granada lo considerara como enemigo. El edificio fue inaugurado en 1933 por Niceto Alcalá-Zamora, presidente de la República. Además de estas circunstancias, en su fusilamiento fue determinante sobre todo la acción del comandante José Valdés Guzmán que, antes de la Guerra Civil, lideraba las milicias de Falange en la ciudad. Meses previos al levantamiento militar de 1936, este oficial junto a otros compañeros intentaron sacar a la fuerza durante la madrugada a una joven de la Residencia de Señoritas Normalistas de Granada, dirigida por la madre de Mariluz Escribano, Luisa Pueo y Costa. Como directora impidió que José Valdés y sus acompañantes accedieran a la Residencia y, al día siguiente, Agustín Escribano presentó una denuncia en el juzgado contra José Valdés, lo que dio lugar a que fuera represaliado por este en los meses posteriores precipitando su futuro y el de su mujer e hija. Cuando Valdés llega a ser gobernador civil de Granada después de la sublevación militar del 18 de julio de 1936, comenzaron persecuciones y fusilamientos en la ciudad, y fue entonces cuando el padre de Mariluz fue apresado y fusilado, siendo Valdés responsable del asesinato de Agustín Escribano y de Federico García Lorca, entre otras miles de víctimas. Contaba ella con tan solo nueve meses de edad[2].
Además de los citados, otros hechos condicionaron la publicación tardía de la obra de Mariluz Escribano. A saber, el consecuente miedo de su madre derivado del trágico destino de su marido y las represalias del régimen sufridas por ella que le llevaban a rogar insistentemente a su hija que permaneciera en la sombra, el nulo apoyo como escritora del entorno familiar próximo de Mariluz, el ninguneo por parte de las estructuras culturales granadinas ante su pretensión de integrarse en las mismas tratándose de una mujer que aún no había publicado un libro a pesar de su edad, las dificultades que dichas estructuras oponían a la hora de incluirla en una generación literaria bajo la perspectiva de un canon de rígidas premisas y, por supuesto, la firme personalidad de Mariluz Escribano que hizo de su libertad una bandera a la hora de escribir al margen de los movimientos estéticos y de toda élite cultural dominante. Dentro de estos destacaba sobre todo la denominada poesía de la experiencia en la que los elementos de la cotidianidad expresados con un estilo directo y coloquial cobraban protagonismo, frente a la cual se situaba Sonetos del alba de Mariluz Escribano que entronca, como veremos, en la tradición clásica adaptada a su tiempo y a su realidad.
A esto hay que añadir su compromiso ético e histórico con la población vencida en la guerra civil y su activismo en favor de los derechos y libertades (temas ajenos a la literatura granadina de aquella época) manifestado sobre todo en sus artículos de prensa, fundamentalmente en los diarios Ideal y Patria. Cuarenta y seis años como columnista asidua en el primero y dieciséis en el segundo.
Pese a todos los obstáculos, por fin el debut a la hora de publicar su obra se materializó a través de una editorial (Guadalhorce) donde se habían editado libros de autores relevantes como Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Pablo García Baena o Jaime Siles, y en una imprenta (Dardo) sucesora de la emblemática Imprenta Sur.
Pero además, Sonetos del alba se reimprimió en 2005 por la editorial Dauro tras quedar agotada la primera edición, lo que revela la gran acogida que el libro tuvo entre los lectores pese a que la crítica del momento no se hizo eco del mismo. La segunda edición, de la que tampoco quedan ejemplares, fue prologada por Gregorio Salvador, vicedirector de la Real Academia Española, y contaba con un estudio preliminar de Remedios Sánchez García, que ha estudiado en profundidad la vida y la obra de Mariluz Escribano Pueo[3] y que en la actualidad es catedrática de la Universidad de Granada y crítica literaria.
Tanto en la forma como en el fondo, el libro entronca con la tradición clásica. En el aspecto formal, por la utilización del soneto y de una abundancia de imágenes pertenecientes a la naturaleza, y en cuanto al fondo podemos decir que el amor o la ausencia de este, tema primordial (que no exclusivo) del libro, lo contempla y lo expresa la autora con tintes líricos de raíces en los cancioneros medievales, habida cuenta de que, en palabras de Manuel Gahete Jurado, en estos «la enamorada (…) reclama la presencia del amado, lo que asimismo ocurre en las jarchas andaluzas y en las cantigas de amigo gallegoportuguesas»[4]. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que Escribano Pueo otorga a estos poemas su particular impronta personal adaptando ese clasicismo a la expresión lírica enmarcada en la época en la que los poemas fueron escritos.
En la mayoría de estas composiciones el sujeto lírico se nos presenta en la voz de una mujer que manifiesta su soledad y un estado interior anhelante procedente de la ausencia de amor o del amado, o bien se dirige a este expresándole un sentimiento amoroso intenso como fruto de su anhelo. Nos encontramos, no obstante, con varias excepciones en las que confluyen el sentimiento hacia sus raíces granadinas junto a otros temas tangenciales vinculados al primero, concretamente los sonetos de amistad I y IV, así como los numerados como XIV y XIX donde las descripciones del paisaje, además de constituir reflejo de sus propias emociones, nos remiten claramente al arraigo que siente ella por su tierra.
El soneto I hace referencia a una de las visitas realizadas por su amigo Manuel Ángeles Ortiz a Granada y que Remedios Sánchez, en el texto introductorio de Poesía completa (Ediciones Cátedra, 2022), sitúa en los años setenta del pasado siglo cuando Mariluz Escribano escribió el poema. Manuel Ángeles Ortiz fue un pintor, ilustrador y escenógrafo relacionado con la Generación del 27 que residía en París. En el poema la autora ensalza las cualidades artísticas del amigo pintor como ofrenda de amistad, pero lo más destacable es el doble plano en el que sitúa la capital francesa y Granada, representada esta sobre todo por el emblemático conjunto monumental de la Alhambra («…no olvidas/la torre en el estanque reclinada»). En el poema se traslucen las emociones de la poeta sobre esta ciudad, su arraigo y la del pintor, con un sentimiento de cierta melancolía que arrastra evocaciones del pasado: «…duerme Granada/y la brisa y la tarde van heridas» o «Luces de sol en hora ensangrentada/antífona de tardes ya perdidas». Vemos en estos versos un doble sentido en la significación poética de la tarde: el color rojizo del cielo en el ocaso y, por otro lado, una alusión velada de la sangre derramada en el pasado en Granada, que bien podría interpretarse como el asesinato del padre de la autora en el ámbito personal y el de Lorca en el ámbito cultural, dejando ambas tragedias tras de sí esas heridas abiertas.
Como he indicado, el segundo poema de amistad del libro es el soneto IV dedicado a su amiga Isabel Roldán García, prima hermana de Federico García Lorca, que fue escrito tras el fallecimiento de esta en 1985. Se trata de un poema elegíaco, sin tono apesadumbrado, que resalta cualidades propias de su amiga como fueron su «campesina gracia» o el sentimiento de ternura que reflejaba en los mosaicos de colores creados por ella, dentro del contexto de un patio andaluz de yerbabuena, flores y guitarra que evidencia nuevamente el arraigo de Escribano Pueo a su tierra.
Ese arraigo recorre la totalidad de los poemas de Sonetos del alba. Pero hay que hacer hincapié en que es el tema amoroso, su ausencia, el eje principal de los bellos versos que componen esta obra. Como expresa de manera precisa (y poética) Manuel Gahete Jurado sobre la misma, «Amor y soledad litigan en un apasionado bucle donde dolor y gozo confluyen casi epitelialmente»[5].
La ausencia de amor y del amado la lleva hacia una permanente búsqueda reflejada en una buena parte de estos sonetos con un intimismo de gran sensibilidad y delicadeza. Así, en el poema II, la poeta muestra abiertamente su interior: esa desesperanza instalada en ella («este vivir sin vernos la esperanza/de alzar mañana el amoroso rito») y esa necesidad de no sentir soledad («esa dulce amistad que necesito», expresa de manera conmovedora). La autora no escatima un ápice de sinceridad, sino todo lo contrario, muestra la fragilidad de la condición humana en el complicado y arduo terreno del amor/desamor sobre el que tanta tinta se ha vertido a lo largo de la historia de la literatura.
En este mismo poema observamos la utilización de recursos muy eficaces a la vez que líricos. Por un lado, se produce una contraposición entre el ocaso/noche y el alba, que aparece de manera recurrente a lo largo del libro. El ocaso y la noche simbolizan el dolor, en tanto que el inicio del día representa la luz, la pureza, la vida. Sin embargo, en esta composición la simbología del amanecer como vida decae al ser objeto de muerte («que el alba puede que se esté muriendo») como fórmula para expresar la intensidad del dolor que, por otra parte, viene acentuada igualmente a través de la repetición de este verso en el final del primer cuarteto y en el principio del segundo cuarteto. Este mecanismo de enfatización es empleado por la autora en otros poemas del libro.
El dominio del lenguaje poético de Mariluz Escribano Pueo es patente cuando la utilización de recursos estilísticos no se limita a una mera ejecución estética, sino que precisamente lo estético se convierte a la vez en instrumento poético que conduce a la expresión lírica de una emoción sublimada. En este sentido son bellísimos, entre otros, versos como «Y llevas alto el corazón herido,/paloma blanca de tan alto vuelo» (soneto III), en el que ella se identifica con una paloma blanca (simboliza sentimientos nobles) que persiste en su búsqueda a pesar de su herida, o «Lejos tengo la paz de tu mirada,/mi sombra que en tu sombra se ilumina» (soneto V). En estos dos últimos versos la antítesis sombra/ilumina constituye asimismo una paradoja. ¿Puede una sombra proyectar luz? Hasta tal punto ese amor que no está presente podría dar vida a la amada, que haría posible lo imposible. Al mismo tiempo, estos versos manifiestan el anhelo de unión con el amado a través de la metáfora «sombra», vocablo que se repite refiriéndose respectivamente a ella y a él. Este recurso de repetición vuelve a producirse en los siguientes versos: «los suspiros que van, sencillamente,/de mi aliento a tu aliento tan lejano» (soneto IX), «y anudes tu sonrisa a mi sonrisa» (soneto XI), «tendré mis horas de tus horas llenas» (soneto XII). Esa ansia de unión aparece en estos versos mediante la reiteración de un mismo vocablo referido al yo poético y al tú respectivamente.
La búsqueda del amor a la que me he referido antes la realiza el sujeto poético desde el deseo del encuentro y unión con el amado o desde una melancolía que a veces se manifiesta con tibieza y en otras ocasiones se expresa con intensidad. Se percibe este último tono, entre otros poemas, en el soneto VII: «Oscuro es el dolor, oscuro el llanto/oscuro el no tenerte por el viento,/oscura madrugada cuando siento/que al alba sin tu abrazo me levanto». La repetición de «oscuro/oscura» da cuenta de esa profunda pesadumbre por la ausencia de él.
En casi todos los sonetos es la voz de ella la que se dirige al amado ausente o presente, y lo hace dentro de un marco temporal que no es estático, sino que acompaña al momento emocional del sujeto lírico con una significación concreta en un doble plano: por una parte, lo que representan el amanecer, el mediodía y el ocaso/la noche, ya referido anteriormente; y, por otra, la evolución emocional en los tiempos pasado, presente y futuro. Respecto al primer caso, esa simbología la encontramos a lo largo de todo el libro. Así en el último terceto del soneto citado en el párrafo anterior, dice la autora: «Y alcanzo la primera luz sin verte, [ausencia]/me embarco en mediodía de dolores, [la pesadumbre se va instalando en ella]/de noche me corona el desconsuelo [momento álgido o culminación del dolor]». Se produce por tanto una identificación de los diferentes momentos del día con sus emociones que van evolucionando. En este sentido, la tarde se presenta a menudo como el marco temporal en el que tiene lugar el desvanecimiento de la luz, constituyendo, con claras resonancias machadianas, un fiel reflejo de su tristeza. En ocasiones esa tarde se describe con tonos dorados («…Y será en vano//que la tarde me llame a la tristeza,/con sus dorados tonos otoñales», soneto IX), como consecuencia del tránsito del día hacia la noche («luz extenuada» dice en el poema V), sugiriendo la melancólica presencia del otoño, símbolo de tristeza. Sin embargo, en determinados poemas concretos, como en el soneto XVI, esas tonalidades presentan connotaciones contrarias y constituyen reflejo de plenitud: «Qué dorada de sol y qué serena/está la tarde. Junto a tu estatura/se dibuja el paisaje y de dulzura/sostengo, amante amor, el alma llena».
El tránsito temporal que se refleja en Sonetos del alba y que se realiza acompasando a las emociones de amor, anhelo y tristeza, se percibe igualmente en el soneto XV («Piel sobre piel está el amor naciendo»). Evolución que se refleja nítidamente en el poema XIX. En los dos cuartetos las descripciones líricas del paisaje reflejan la serenidad del sujeto poético cuando está presente la luz del día («me duermo refrescada en la dulzura/de la amarilla luz de los trigales»), en tanto que en el primer terceto predomina un estado de pesadumbre conforme se acerca la oscuridad de la noche («Viene la negra noche galopando/a pintarme de negro la tristeza»), que es transformado en esperanza en el segundo terceto donde se alude a un nuevo amanecer («Y hay una luz violeta de tibieza/por donde sale en júbilo apuntando/anaranjado sol en la maleza»).
El segundo plano referido anteriormente lo percibimos, por ejemplo, en el soneto XI en el que mediante el tiempo verbal futuro manifiesta una declaración de amor que trasciende el presente y, por tanto, es absolutamente perdurable por su intensidad: «Te amaré desde el mar y en las arenas/de los amplios espacios litorales,/(…)/escribiré tu nombre en los corales/(…)/Deslizaré mi nombre por la brisa». Hay que tener en cuenta, no obstante, que tanto las referencias al tiempo pasado (memoria) como al futuro (deseo), se producen a lo largo del libro desde el presente en el que se sitúa el sujeto lírico porque, como es lo normal en poesía, por razones obvias se trata del momento en el que emanan las emociones expuestas en los poemas. Al fin y al cabo, como concibió san Agustín en el libro IX de Las Confesiones, donde desarrolla un discurso filosófico sobre la temporalidad, el único tiempo que existe es el presente, y el pasado y el futuro solo pueden percibirse desde la perspectiva de lo que se está viviendo en el momento actual. Afirmaciones que son extrapolables al género lírico literario al constituir piedra angular del mismo.
En este soneto se observa además cómo a través de la simbología de los vocablos de la atmósfera marina el amor expresado (con el mar, las arenas, los espacios litorales) se manifiesta más sensorial, más próximo al deseo carnal. De manera muy sutil se desliza en algunos poemas del libro un acercamiento a lo sensual sin que este llegue a revelarse completamente ni constituya el tema central de los mismos, como ocurre en los versos mencionados del poema XI o en el soneto XV («Piel con piel está el amor naciendo/(…)/Cuando a mi soledad vienes vencido//y tus manos encuentran el camino/de abrirme el corazón a la belleza/tengo que reposarlo en ti, rendido»), versos que, por otra parte, nos trae a la memoria la unión de Amado y amada expresada por san Juan de la Cruz en el plano espiritual en «Noche oscura del alma»; e igualmente sucede en el soneto XVI («Ya no hay más certidumbre que esta plena/sensación de tu abrazo en mi cintura»).
En Mariluz Escribano la expresión de la sensualidad referida al aspecto carnal del amor casi hay que deducirla como consecuencia de la delicadeza con la que se realiza en determinados versos puntuales, pero siempre lo hace desde la perspectiva de mujer que ama y que desea porque, como dice Octavio Paz en su libro La llama doble. Amor y erotismo, «El fuego original y primordial, la sexualidad, levanta la llama roja del erotismo y ésta, a su vez, sostiene y alza otra llama, azul y trémula: la del amor»[6]. Y esta emoción, la del amor o ausencia del mismo, constituye el hilo conductor y primordial de los versos de este bello libro.
Además del marco temporal, el contexto físico es determinante en la expresión lírica de Sonetos del alba, no solo por el carácter simbólico de los elementos de la naturaleza que aparecen con profusión en los versos, sino también por la importancia y la significación que para la autora suponen sus raíces y su arraigo con su tierra natal. En el primer caso, podemos citar la paloma blanca (sonetos III y XIII) con la que el sujeto poético se identifica y que simboliza pureza, la rama de almendro (nueva identificación), el crisantemo y el ciprés (soneto V y otros) como representación de la muerte, el «pájaro bajo el alba perseguido» (soneto VI) que metaforiza su dolor; el viento, el alba, el ocaso, la tarde (en el sentido ya expresado), o la hierba «siempre sufriendo sin flor ni aroma» en una «herida soledad» (soneto XVII), etc.
Sin embargo, en determinadas composiciones como las numeradas con el XIV y XIX las descripciones paisajísticas van más allá de lo simbólico (que no se abandona) al constituir estas el centro del poema como manera de expresar el vínculo interior de la autora con su tierra a la vez que constituyen reflejo de sus emociones. De esta forma, en el primero de ellos, resulta bellísima la alusión que hace a Sierra Nevada, sobre todo en el primer cuarteto en el que la nieve, símbolo de frialdad y tristeza, se metaforiza con palomas blancas: «Se adorna de tristeza el alto monte./Sobre verde y morado las palomas/se quedan recostadas en las lomas/estampando de blanco el horizonte». Y en el soneto XIX los elementos de la naturaleza son descritos como si de un óleo con diferentes colores se tratara utilizando epítetos que dibujan un paisaje y que nos sitúan imaginariamente en tierras del Sur y, en concreto, en tierras granadinas, sin por ello perder el carácter simbólico de las imágenes: «Azul (…) de cielo y mar», «amarilla luz de los trigales», «Roja de sol y rosa de rosales,/rosada nieve blanca por la altura» (en alusión nuevamente a Sierra Nevada), «el verde del junco», «la negra noche»…
Finaliza este espléndido libro con el soneto XXII, que tiene un carácter concluyente en relación con el tema principal. En este sentido, las emociones del sujeto lírico expresadas a lo largo de los poemas se concretan en esta composición en tres fases: el ansia de llegar al amado («Mi sangre golpeada por la prisa/de llegar a ese puerto de tu mente»), «la pena sin consuelo» ante la imposibilidad de hacer realidad ese encuentro, y su conmovedor ofrecimiento sin límites al amado («Dame la mano y vuelve a ser el dueño/de este amor que te ofrece su camino,/aunque triste y muriendo en el empeño»). El verbo «vuelve» apunta al deseo de un nuevo inicio del amor y, por tanto, una pérdida previa, en tanto que el último verso redunda en la falta de esperanza en su consecución, dando muestra con ello de cuántas sutilezas contienen y con qué extraordinaria sensibilidad están escritos los poemas.
Es Sonetos del alba un libro dotado de extraordinario lirismo que, junto al clasicismo derivado de la utilización de este tipo de composición poética, así como a la exuberancia de imágenes de la naturaleza con sus correspondientes significados simbólicos, intensifica y realza la transparencia emocional de Mariluz Escribano Pueo. Una transparencia que la hace más humana y que incita el acercamiento del lector/a a la alta poesía, porque el amor y el dolor por su ausencia, la soledad y la búsqueda de la persona amada, son emociones comunes a todos los seres humanos y en la poesía de altura e intemporal como esta encontramos nuestro propio reflejo.
[1] Escribano Pueo M. (2022). «Esbozo para una poética imposible», en Poesía completa de Mariluz Escribano Pueo, edición e introducción de Remedios Sánchez García, Ediciones Cátedra: Madrid, p. 51.
[2] Sánchez García, R. (2022). Poesía completa de Mariluz Escribano Pueo, edición e introducción de Remedios Sánchez García, Ediciones Cátedra: Madrid, 1ª ed.
[3] Ibid., p. 67.
[4] Citado por Remedios Sánchez García en la obra citada, pp. 66-67.
[5] Ibid., p. 69.
[6] Paz, O. (1993). La llama doble. Amor y erotismo, Seix Barral: Barcelona, p.7. Citado por Sebastián Gámez Millán en Cuanto sé de Eros. Concepciones del Amor en la Poesía Hispanoamericana Contemporánea (2024), Ediciones Algorfa: Málaga, pp. 153-154.










