Por José Sarria

“Una puerta pintada de azul”

Sergio Barce

Ediciones del Genal (Málaga, 2020)

Decía Huidobro que la primera condición del escritor era crear; la segunda, crear, y la tercera, crear. El escritor no es quien solo narra, pues para eso están los notarios o fedatarios, sino que el verdadero escritor imagina, sueña y crea un mundo, a partir de elementos, piezas o fragmentos de una realidad conocida y que reutiliza o recicla para elaborar y componer otro universo, en el límite de la fantasía: un espacio distinto, el regreso al Paraíso perdido a través del imaginario que concibe y establece como ónfalo de su obra; un ensueño, una desmesura: espejismo de los hombres. Así lo describe Nabokov en “Curso de literatura europea”: “La literatura no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle neanderthal gritando “el lobo, el lobo”, con un enorme lobo gris pisándole los talones; la literatura nació el día en que un chico llegó gritando “el lobo, el lobo”, sin que le persiguiera ningún lobo”.

En ese espacio singular, casi mágico, que es el norte de Marruecos se alcanza una hibridación, un mestizaje de lenguas, creencias, razas y costumbres sociales que ofrece al escritor un marco novelesco de incomparable valor. Desde la Tánger internacional, oasis de lo imposible, que supo recibir a la pléyade de artistas y escritores de la generación beat a la atlántica ciudad de Larache, en cuya hospitalaria tierra descansan los restos de Jean Genet y Juan Goytisolo, existe un magma inconmensurable de lugares, personajes, historias y sentimientos, que muchos autores han sabido llevar a sus obras: Tahar Ben Jelloum, Ángel Vázquez, Mohamed Chukri, Antonio Lozano o María Dueñas, entre otros.  Y es ahí, donde aparece y se incardina nuestro autor, nuestro novelista, Sergio Barce, que se ha convertido en el gran representante de la narrativa memorística: relatos del recuerdo de una época que se resiste a desaparecer y que se transforman en espacios vivos, en paraísos rescatados a través de la magia de sus narraciones.

Barce ha establecido, a través de su extensa obra, un mundo imaginario, mitológico, en el triángulo áureo de las ciudades de Tánger, Tetuán y Larache, donde el encuentro continuo de culturas fluye y se desarrolla en la cotidianidad de las experiencias que surgen en y desde los universos distintos, pero imbricados en lo consuetudinario y que conforma el magma narrativo barciano: “En el Jardín de las Hespérides” (2000), “Últimas noticias de Larache” (2004), “Sombras en sepia” (2006), “Una sirena se ahogó en Larache” (2011), “El Libro de las palabras robadas” (2013-2016), “Paseando por el zoco chico” (2014), “La emperatriz de Tánger” (2015), “El laberinto de Max” (2017) y “Malabata” (2019), a los que se une esta nueva entrega: “Una puerta pintada de azul” (2020).

Toda su obra se constituye desde la necesidad de describir un tiempo en tránsito, anudar una época, unas personas, sus esperanzas, sus anhelos, sus frustraciones, en un marco tan inestable, tan movedizo, como es el de las fronteras y los espacios compartidos; allá donde, como dice el inspector jefe Amin Hourani, personaje principal de su novela “Malabata”: “no eres de ningún sitio, careces de patria y desconoces tu bandera, pero sabes quiénes son tus amigos y dónde deberías morir”. Ahí, en ese cosmos creado y reconstruido es donde se incardina esta preciosa entrega que se compone de ocho extraordinarios relatos, “Una puerta pintada de azul”, la puerta de madera del puesto de Abdeslam, en la pequeña medina larachense cuyo frontispicio invita ya, desde su portada añil, a adentrarse en la hialina imaginación de nuestro autor, en los resplandecientes recuerdos que resucitan al conjuro de la palabra, en la vida y experiencia de los personajes.

Relatos que han estado aguardando, como en la cubeta, el líquido de revelar la emoción y el estremecimiento y que, ahora, regresan mágicos, luminosos, proverbiales, para instalarnos, en la frontera de las aventuras imposibles, ante la experiencia vital que transcurre a través de vivencias infranqueables, en el dédalo de las calles Mohamed V, Chinguiti o Mulay Ismail, frente al Balcón del Atlántico o en el Zoco Chico, o bien en las poblaciones cercanas de la decadente, a la vez que dorada, ciudad de Larache.

Los cinco pilares del islam: la chahada, el azalá, el azaque, el Ramadán y el hach, transitan, de fondo, como sostén de los relatos que mixturan con igual proporción la jaquetía del sefardita José Edery, el tayín de la abuela María Salud, las historias que Lalla Mariam contaba sobre Aixa Candixa, el dariya de los parroquianos del Café Central o la bellísima musicalidad de Lalla Menana Mesbahía, patrona de la ciudad.

La vida se erige en las narraciones como épica de la cotidianidad, donde el tránsito vital es elevado, desde la narratividad metáfórica, en umbral de lo imposible, alcanzando las experiencias pasadas y los recuerdos el valor de lo eterno, de lo inmarcesible. Mohamed Sibari o el profesor Lahchri, con su inconfundible “gorra gris sport estilo Gatsby” comparten espacio con Sahida, quien trabaja en el hammán de la calle Real, con Rashida, aquella “joven que paseaba por Larache con un peinado parisino” y a quien el alzheimer ha dejado sin pasado, con Rayan que había regresado a Marruecos para liquidar las propiedades que sus abuelos, Moisés e Ibrahim, le legaron y de quienes heredó aquel adagio que le acompañó toda su vida: “te puedo jurar que el aceite es la vida”, con Manuela, la última española que quedaba en los alrededores de Alcazarquivir o con Lalla Hanane que “caminaba como una sultana” ante el Hach Ahmed, a quien regalaba “el esbozo de una sonrisa, radiante”, el mismo que se apaga en el suelo, a la puerta del mausoleo de sidi Abd´Al-Krim Al-Bacuri, mientras piensa que “un viejo es solo la sombra del joven que fue”.

Todos ellos, sus historias, sus esperanzas, sus frustraciones, los lugares donde se concita el dolor humano de los expulsados, sus miradas apagadas o renacidas, fluyen en el límite de las vivencias infranqueables, crónicas de la vida en las calles y ciudades de un Marruecos idílico, contadas desde la grandeza de la palabra que los encumbra y los transforma en héroes legendarios, en dioses de una Arcadia redivida en donde nace y se hace perdurable otra realidad, como testimonio de resistencia frente a la severidad de un presente inaceptable.

El mundo que fue y que se extinguió por la firmeza del paso del tiempo, ahora resucita y se eterniza. No existe más destino que el ensueño del narrador, no existe más realidad que este Paraíso abierto tras la puerta pintada de azul, donde Dris el ladronzuelo, el abuelo, Manuel Gallardo, Habiba, las gemelas Malika y Yousra, Zoubida, la jovencísima criada de la familia Zaidi, aquel ángel resplandeciente que Rayan vio en el río mientras el aceite de la vieja alcuza se deslizaba “como una lengua de miel” por su cuerpo desnudo o los tertulianos de los cafetines de Larache, atienden el conjuro de Sergio Barce que, como un nigromante invoca las palabras de Jaroslav Seifert: “recordar es la única manera de detener el tiempo”.

Tal y como ya escribí, hace algún tiempo, Sergio Barce posee el talento de contar las experiencias para hacer posible el milagro creativo. Sergio ha detenido el tiempo y el naufragio, bajo una magistral narrativa memorística, con haciendo alarde de un acendrado intimismo, para elevar un texto épico, heroico y solidario en el que los recuerdos y las experiencias vividas se transmutan en memoria universalizada, no como fragmento de la vida del autor, antes bien como realidad transfigurada.

Sergio abre esta mágica puerta azul y nos invita a pasar y a pasear, rescatando del salón del olvido a todos aquellos que conformaron su infancia y su adolescencia para reinstaurar, con su palabra, un nuevo Elíseo, donde ahora caminan y transitan invulnerables, inmarcesibles, eternos.

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